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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

La alegría estaba en Portugal

Los portugueses han preferido la seguridad de Seguro antes que el posible aventurerismo de Ventura. A la izquierda, supongo que incluida la española, le habrá alegrado la última noche dominical. No estaba el horno para bollos, y aún menos el cuerpo para jota, con el resultado de Alegría en Aragón: pero es que la alegría estaba en Portugal. Porque, tengo que decirlo, como tantos otros en estas últimas horas (o reviento), menos mal que nos queda Portugal.

Ahora bien, la lectura del triunfo de Seguro, que se adjudicó bien a las claras la más que inhabitual segunda vuelta lusa, ha de resultar un poco peculiar. No era el hombre del partido y venía, como esos futbolistas que llevan tiempo fuera de los terrenos de juego y son agentes libres, de un montón de años alejado de la política. Hasta su nombre popular, Tozé, se corresponde también con el de algún jugador portugués conocido, así que la metáfora funciona. Solía decir: “Chamem-me Tozé”, cuenta Filipe Santos en la CNN.

Había colgado las botas, al perder las primarias ante Costa, en la crudeza de aquellos días, aunque no las urnas. Tengo su misma edad, pero no imagino cómo será soportar esa responsabilidad de revitalizar la izquierda a los 63, esa ciclópea tarea, más en tiempos de gran crispación política global. Quizás Portugal sí es país para viejos. Aunque hoy tener 63 ya no es ser tan viejo (o eso espero): siempre hay una esperanza en alguna parte. Y ahí lo tenemos, regresando triunfal.

La victoria del líder apenas reconocido por los suyos (hasta hoy) ha sido tan abrumadora que emociona contarla. La más grande en número de votos absolutos desde la Revolución. Y lo mejor ha sido el contexto, el dibujo de la batalla: ¡frente a la ultraderecha!, a la que ha derrotado por más de 1,7 millones de votos. No es sólo la contundencia de las cifras: es el poder simbólico. Tozé Seguro ha barrido a los ultras de una manera extraordinaria, recuperando el campo limpio y abierto para el desarrollo democrático, sin dejar lugar a las dudas. Puede que muchos, en otros lugares no tan lejanos, lo miren con envidia. Que Portugal apueste por un liderazgo moderado y dialogante, en estos tiempos que corren (lo malo es hacia dónde corren), es una rareza. Devuelve al Partido Socialista a la primera línea, y, aunque estas sean unas elecciones presidenciales, contribuye a superar el trauma del sorpasso ejercido por Chega, el partido de la ultraderecha, en las legislativas.

El electorado portugués ha sabido ver las orejas al lobo y se ha unido. Tal vez en ocasiones hay que tomar medidas radicales (parapetarse ante amenazas como Trump), pero en nuestra política nacional el lenguaje agresivo y poco conciliador de algunos sólo ha beneficiado a la ultraderecha, quizás porque siempre se acaba prefiriendo el original. Feijóo no logra contenerla, como se ha visto en Aragón. Más bien parece todo lo contrario.

Sánchez ha sido apaciguador en algunos temas (como se dice de Seguro), pero en otros muchos ha optado por no abandonar la brújula de la izquierda más a la izquierda de Europa, según sus rivales. Y según sus admiradores. Aragón muestra que las victorias de Vox se usan como flagelo a Sánchez. Una presidencia como la de Tozé Seguro tiene algo de concentración, porque ha recibidos apoyos de la derecha, muy troceada en Portugal (como aquí la izquierda…). Pero es una victoria del socialismo, sin duda, y muy grande, ante la intolerancia ultra con la inmigración y otras intolerancias. Lo único cierto es que Sánchez necesitará una alegría pronto: aunque no se llame Pilar.

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