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Opinión | Tribuna

Profesora de la USC

El agua, sustancia clave …

Y protagonista incuestionable. Miro el mapa de España. Busco el sinuoso flujo de los ríos, cuyos nombres aprendíamos de niños. Entonces ya nos parecían demasiados para memorizarlos. ¿Y sus afluentes? Conocíamos cómo se llamaban los principales -a derecha e izquierda de sus márgenes- y eran también bastantes. La retahíla comenzaba por Galicia, con el Miño y terminaba en Murcia, con el Segura. Incluso sabíamos el lugar de su nacimiento y desembocadura. Ejercicio de memoria, sin duda. Hoy lo agradezco y no me parece ninguna chifladura: para darse cuenta de las dimensiones y envergadura de las crecidas de estas semanas, especialmente en Andalucía, saber tanta geografía es de notoria ayuda.

Gran don el agua. Es vida y, asimismo, necesaria para la vida, aunque estos meses no hay quien la aguante ni tampoco quien la domine. Se ha salido de madre desde el norte al sur de la península. Seguimos aprendiendo topografía y orografía. Cada día vemos en el tablero pueblos cuyas expectativas de librarse de las crecidas de sus ríos, en nada, se disipan.

Pensaba estas jornadas sobre la paradoja que supone esa doble condición de ser lo mejor y lo peorcito, bendita y maldita (no sé si a partes iguales), cuando se cuela por cada rendija o cae de forma inaudita. Pero es bella cuando moja Compostela. Más que eso: dicen que es arte. A propósito de esa frase o dicho, por si no se lo han comentado les aviso que tiene un autor con nombre propio: el inventor fue un compostelano, en plena década de mediados de los sesenta o setenta del siglo pasado: José Ángel Docobo Durántez, catedrático de la USC y director del Observatorio Astronómico Ramón María Aller.

De otras artes y mañas estamos ahora inundados: llaman a la puerta las fechas más señaladas de los carnavales. Confieso que no me gustan ni los que aquí se hacen ni los de otros lugares, aun siendo gallega, amante de mis raíces, de las tradiciones y costumbres de sus gentes. Pero las mascaradas no me entran, con tan colorida (a veces reinventada) fiesta gastronómica o de disfraces de antigüedad dudosa y gusto más que cuestionable. Cinco, quince o veinte años es lo que apuntan que tienen de trayectoria algunas, recuperadas a base de hacer memoria entre nuestros mayores, poniéndolas a rivalizar con las más señeras de aldeas y pueblos que nunca prescindieron de ellas. Creo que, viendo lo que está pasando, no es momento para divertidas farsas ni comparsas. Con el debido respeto a Otero Pedrayo y a otros intelectuales gallegos que dedicaron buenas y honrosas palabras a estas fiestas, paso de introducir citas sobre el tema en estos párrafos.

Este miércoles prefiero fijar la vista en la distancia, en un milagroso santuario en el que la fe en el agua bendecida es remedio para los males del cuerpo y del alma a modo de eficaz medicina. Lourdes es para muchos fieles un destino casi obligado.  No importan los años: conozco una nonagenaria que atravesó en autobús los más de mil kilómetros que separan el macizo galaico de la cueva Santa. No le pedí que me trajese ni un mísero frasco creyendo que si lo hacía iba a volver sobrecargada. Lo lamento en estos momentos porque, si bien no me sobra personalmente -todos somos enfermos de alguna manera, o tenemos algún achaque o dolencia- también es cierto que podría dárselo a personas comparecientes que padecen.

A otra virgen cantábamos aquello de: «¡Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva! Los pajaritos cantan, las nubes se levantan. ¡Que sí, que no, que caiga un chaparrón encima de un ladrón!». No es la versión más común, pero es la que recuerdo de ese canto infantil tan divulgado. Antes de entonarlo de nuevo, hoy por hoy, quizás lo pensemos un tanto.

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