Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | La lectura y los libros

Médico

Carta a mis hijos sobre la felicidad

Queridísimos hijos:

Quizá no lo recordéis, pero un día, hará un par de años, os pregunté al final de la cena: «Hijos, ¿qué esperáis de la vida?».

Ya habíais sufrido algunas preguntas de ese tenor, dirigidas a lo profundo. Con ellas siempre he buscado haceros pensar, y no tanto suscitar una respuesta. En esta época nuestra, el tiempo de vida familiar es demasiado escaso, -os daréis cuenta cabalmente cuando tengáis hijos-, y quizás lo sea aún más la capacidad de prestar atención a las parrafadas de un padre que, por veros crecer tan rápido, comienza a tener la sensación de que se acaba el tiempo de hogar compartido.

Pero, en fin, respecto a la pregunta que inicia estas líneas, sí tuvo respuesta: «Yo quiero ser feliz».

Y eso me hizo pensar a mí. Cavilé sobre mi experiencia, y con la ayuda de lecturas y notas he compuesto lo que sigue.

La felicidad no es un estado, son momentos.

Reconocemos algunos instantes como felices sólo cuando ya han pasado. Un poeta lo expresó certeramente: nunca perdonaré a la felicidad no haberme hecho saber que era feliz cuando lo era.

En las ocasiones en que hemos sido felices no estábamos preocupados por albergar en nuestro interior sentimientos de felicidad, sino que nos empleábamos a fondo en algo con un sentido profundo.

Muchos de los momentos en que nos quejamos de algo (y toda queja es, al menos en parte, afirmación de que ese algo nos impide ser felices) puede que no fuesen vividos así por otras personas, por eso es tan importante aprender a verse desde fuera, con los ojos de alguien menos favorecido.

Y, sí, claro que aspiramos a la felicidad. Todos lo hacemos, está en nuestra naturaleza. La paradoja es que no conviene apuntar directamente a ella. Se alcanza a veces, y siempre en momentos en que no es el objeto de nuestra atención.

Necesitamos otra diana a la que dirigir nuestros esfuerzos, y desde antiguo muchos han creído que la mejor es el sentido de la vida, aquello por lo que merece la pena vivir, lo que nos sostiene.

El sentido cumple varias condiciones. La primera es que es original, único para cada persona. La segunda es que está fuera de nosotros, más aún, nos saca de nosotros, es capaz de descabalgarnos de esa columna a la que nos hemos encaramado y a la que llamamos “yo”. Una tercera característica es que no lo creamos nosotros, sino que nos viene dado o, mejor dicho, nos sobreviene; nuestra tarea es reconocerlo y aceptarlo. Por último, suele ser indiscutible para cada uno, de ahí que seamos capaces de enunciarlo y no tanto de explicarlo.

Siendo como soy, entenderéis que no podía dejar de recomendaros un libro valioso, que me ha ayudado a empalabrar lo que bulle en mi cabeza acerca de estas cosas. Se trata de “El hombre en busca de sentido”, de Viktor Frankl; está presente en nuestra biblioteca pero, -y puede daros idea de la importancia que le concedo-, acabo de encargar un ejemplar para cada uno de vosotros.

Un grandísimo abrazo de vuestro padre, a quien nada le gustará más que saber de momentos que reconocéis como felices. Y es que la felicidad de los que queremos es nuestra felicidad.

Tracking Pixel Contents