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Opinión | Crónicas de JAC

José Antonio Constenla

José Antonio Constenla

Concejal del PP en Santiago

Concejal del PP en Santiago

La lluvia como excusa

En Santiago de Compostela la lluvia no es un fenómeno meteorológico, es un estado de ánimo, una tradición cultural y, por lo que se ve también, una coartada administrativa. Aquí no llueve, aquí “pasan cosas”. Y cuando pasan cosas (baldosas que se levantan, alcantarillas que rebosan, parques que parecen pruebas de triatlón, “fochancas” que cobran vida a las que los vecinos bautizan con nombres propios) el gobierno municipal del BNG tiene a mano la explicación universal, infalible y eternamente húmeda: ¡todo es culpa de la lluvia!

Porque, al parecer, la lluvia en Santiago es algo nuevo. Un experimento piloto. Un imprevisto histórico que nadie pudo anticipar. Cae agua del cielo y, ¡sorpresa!, la ciudad sufre. Quién iba a pensar que, en una urbe atlántica, donde “la lluvia es arte” y famosa mundialmente por su relación íntima con el paraguas, el chubasquero y la humedad existencial, el agua acabaría afectando al mantenimiento urbano.

Las losas resbalan, pero no es falta de revisión: es que llovió. Los sumideros se atascan, pero no es abandono: es que llovió mucho. Las fachadas se degradan, los jardines se embarran, los pasos de peatones se borran, las “fochancas” crecen… y todo se justifica con una frase mágica que sirve para cualquier comparecencia: “las intensas lluvias de los últimos días”. Últimos días, últimas semanas, últimos siglos. Detalles.

La lluvia se ha convertido así en una especie de ser sobrenatural e invisible que trabaja contra el Concello nacionalista. Levanta aceras por la noche, obstruye desagües al amanecer y deja charcos estratégicos justo donde más molestan. El gobierno municipal, pobre, solo puede encogerse de hombros y señalar al cielo con gesto grave, como diciendo: “¿Qué queréis que hagamos contra esto?”. Planificar, mantener, prevenir… qué conceptos tan radicales.

Lo curioso es que en Santiago lleva lloviendo desde antes de que existiera el actual mandato, el anterior y probablemente desde antes de que alguien decidiera empedrar la Praza do Obradoiro. La lluvia estaba aquí cuando se diseñaron las calles, cuando se eligieron materiales, cuando se prometieron ciudades más amables y resilientes. Pero ahora resulta que el agua cae con una intención claramente política, casi personal, como si el parte meteorológico se redactase en la oposición.

El problema no es que llueva, sino que se gobierne como si no lo hiciera, como si el mantenimiento fuese un lujo opcional para climas benignos y no una obligación básica para nuestra ciudad.

Uno empieza a sospechar que, si mañana se cae una farola, será por la niebla; si no funcionan los semáforos, por la humedad ambiental; y si una obra se eterniza, por un rocío traicionero a las siete de la mañana. La meteorología como programa de gobierno: imprevisible, excusable y siempre ajena a cualquier responsabilidad humana.

Dicen que “la vida no se trata de esperar a que pase la tormenta, sino de aprender a bailar bajo la lluvia”, como escribió Vivian Greene. En Santiago llevamos siglos bailando bajo la lluvia. Lo que no sabíamos es que el Concello iba a usarla como excusa para no cambiar la música, no arreglar el suelo y dejar que la pista se venga abajo… mientras nos piden que sigamos bailando con una sonrisa.

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