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Opinión | On/off

Periodista

¿Quién engorda a Vox?

En los últimos días aparecen en los medios gallegos opiniones, artículos y análisis que inciden sobre las posibilidades de que Vox también ponga una pica en Galicia. Las elecciones autonómicas quedan relativamente lejos (2028), con la circunstancia añadida de que antes habrá locales y generales. No parece que en los ayuntamientos los de Abascal tengan opciones. No es su terreno, aunque sí pueden restar lo suficiente para que el PP se quede a las puertas de alcanzar objetivos, sobre todo en Santiago y Lugo.

Otra música puede sonar en las generales. En las últimas (2023) logró algo más del 5 por ciento, tres puntos menos que en las anteriores seguramente por el efecto Feijóo, La situación podría revertirse ahora por mimetismo con el resto de España, con Vox claramente al alza. Otro dato: las recientes elecciones en Portugal. Aunque la mayoría de analistas destacaron la contundente victoria del socialdemócrata Seguro, que no fue tanta si tenemos en cuenta que contó con el apoyo del resto de todo el arco político, lo cierto es que la extrema derecha populista alcanzó el 34 por ciento, el doble que Vox en Aragón, y con mayor porcentaje en la región Norte, ojo, la lindante con Galicia.

Aunque no se pregone, es natural que exista preocupación en el PP gallego. También deberían estarlo BNG y sobre todo el PSdeG, pues no está claro en que caladero pesca Vox. Puede que menos en el nacionalista, pero cada vez es más evidente que además del PP también en el del ámbito socialista y resto de la izquierda.

Veamos el movimiento de escaños en Aragón. De los siete que subió Vox asignémosle los dos que perdió el PP, uno más de Aragón Existe pero una buena parte de los cuatro restantes tienen que venir de entre los cinco que bajó el PSOE. Si el CIS fuera, como antes, una institución seria lo explicaría en sus estudios poselectorales. Tezanos no resulta creíble.

¿Dónde se alimenta Vox? No vale una respuesta simple como la que dan los demás partidos, sólo interesados en atacarse mutuamente. Para el PSOE lo ceba el PP, y viceversa. El asunto es más complejo. Con más aristas. En primer lugar, el crecimiento de la extrema derecha es un fenómeno mundial liderado por Estados Unidos, todavía en periodo de expansión. Hemos de esperar a noviembre, con las elecciones de medio mandato, para saber si el trumpismo se consolida o inicia su dclive. Ningún caso es exactamente igual, pero la Italia de Meloni vive su periodo de mayor estabilidad política desde mediados del siglo pasado. En Japón acaba de arrasar la primera ministra Takaichi, del ala más conservadora del Partido Liberal Demócrata y buena sintonía con Trump.

Desde el Gobierno no quieren ver este fenómeno y achacan el crecimiento de Vox al PP, “que pone la alfombra roja a Abascal”. Es un argumento para forofos. El sentido común nos dicta que nadie beneficia a su adversario en perjuicio propio. Puente de plata al enemigo que huye no para que te liquide. Cuestión diferente es que el PP no sepa cómo frenar al partido ultra. Meteduras de pata como el cierre de campaña en Aragón muestran sus debilidades.

Lo que resulta evidente es que a Sánchez le convenía el ascenso de Vox. Desde el primer momento así lo planificó. En las primeras elecciones tras la moción de censura quería que en los debates también participara Abascal. La Junta Electoral lo impidió por no tener entonces derecho a ello. El PSOE no deja de repetir que PP y Vox vienen a ser lo mismo. El miedo le dio resultado en 2023. Logró ser investido pero no deja de ser un juego peligroso, de cuyas consecuencias podemos arrepentirnos en un futuro no muy lejano. Decir en Galicia que el PPdeG y Vox son iguales, y que por eso los de Abascal aquí no rascan bola, chirría demasiado. Deberían ser más respetuosos con el electorado gallego. Les iría mejor.

Lo cierto es que la sociedad española está normalizando la presencia de Vox como uno más, perdiendo el miedo o resignándose, una realidad de la que la izquierda, salvo el PSOE, es consciente. La operación Rufián así lo acredita.

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