Opinión | POLÍTICAS DE BABEL
De todo un poco en Múnich
Son tantos los temas a debate en la 62ª Conferencia de Seguridad de Múnich (MSC), que tres días se me antojan pocos para poner luz sobre los múltiples desafíos que reclaman la atención de los más de sesenta jefes de Estado y de Gobierno, además de ministros, expertos y delegados de alto nivel, que se aglutinan un año más en torno al famoso Hotel Bayerischer Hof. La guerra en Ucrania sigue acaparando la atención de EE.UU., la UE y Ucrania, que negocian sobre el apoyo militar a Kiev, las sanciones a Rusia y un proceso de Paz que parece inalcanzable cuando se cumplen casi cuatro años del inicio, el 24 de febrero de 2022, de la denominada por Moscú “Operación militar especial”.
En esta edición, también la inestabilidad en Irán y en los territorios palestinos; la transición política en Venezuela; la situación irreversible de Cuba; el peligro de los ataques cibernéticos, las campañas de desinformación y las acciones híbridas; y hasta el papel de Europa y de la OTAN frente al apetito de Trump sobre Groenlandia, acaparan buena parte del debate. Y de aquí surge el segundo de los grandes temas de la Cumbre: la revisión de las relaciones transatlánticas, y el modo de recuperar la confianza y el compromiso mutuo entre aliados tradicionales. Quizá por ello Europa desea tomar la iniciativa, y busca el modo de alcanzar esa autonomía estratégica también en materia de disuasión y Defensa. Es éste el tercer gran asunto que cobra protagonismo, especialmente ahora que Trump ha forzado al Viejo Continente a aumentar el gasto en Defensa y a compartir los esfuerzos militares y económicos que hasta ahora venía haciendo EE.UU. dentro de la Alianza Atlántica.
Esta capacidad propia europea para hacerse oír y respetar se hace más necesaria que nunca teniendo en cuenta dos informes que han visto la luz en el contexto de la MSC. Por un lado, el Informe de Seguridad de Múnich (MSR). Con el título “Bajo destrucción” (‘Under Destruction’), el documento evidencia la urgencia de revisar un orden internacional hasta ahora basado en reglas compartidas, pero que parece fragmentarse con el paso de los años y el aumento de las presiones económicas y militares. El segundo informe lo emite el European Nuclear Study Group (ENSG). Hablamos de un texto que advierte sobre la debilidad europea en materia de seguridad nuclear, para volverse autónoma, y hasta para sobrevivir al margen del paraguas de protección y disuasión nuclear que nos aporta EE.UU.
Recordemos que en Europa sólo Francia y Reino Unido tienen armas de este tipo. Ambos países juntos podrían llegar a las 517 cabezas nucleares; pero la mayoría (unas 400), aun estando desplegadas, son de carácter más disuasorio y estratégico, que táctico. Europa se ve reforzada en esta materia gracias a las 100 ojivas que posee EE.UU. en bases de Alemania, Bélgica, Italia, Países Bajos o Turquía. Pero todas ellas resultan bien limitadas si las comparamos con las 5.430 ojivas que posee EE.UU., de las cuales unas 3.710 están operativas. Por su parte, la Federación de Rusia dispone de unas 5.980 ojivas (en torno a 1.590 ya dispuestas para ser empleadas). Ante esta alarmante realidad, el peligro que supone el final del Tratado Start III (el Nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas de 2010, renovado en 2021), y la inestabilidad que evidencia el mundo, cabe preguntarse si no va siendo hora de alcanzar en Europa, al menos, una autonomía militar estratégica capaz de coordinarse a nivel de un Ejército convencional con un mando común que logre, al menos, disuadir el apetito y las amenazas que puedan llegar de fuera de nuestras fronteras.
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