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Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE

Profesor titular de Universidad

La muerte del viejo mundo

No sabemos si el viejo mundo se está muriendo, o sí más bien lo están asesinando. Ese viejo mundo fue un día el nuevo mundo, en el que triunfaba la idea de acabar con los privilegios de la nobleza, que desde el Medievo devino en monarquías autoritarias de supuesta inspiración divina, con la modernización que supuso la revolución, con la construcción de las democracias liberales y la gran energía de los teóricos románticos. Todo eso se tambalea justo ahora, sometido a un profundo movimiento sísmico global.

Algo que fue cuestionado por Alexis de Tocqueville, que siempre creyó que la Revolución Francesa sólo acometió reformas que ya estaban en marcha, y que podían derivar, paradójicamente, en estados excesivamente poderosos que agostarían la libertad individual y provocarían la abulia política de la sociedad. Las críticas a un estado protector y paternalista que adormeciera el sentido de las democracias, por desinterés ciudadano, continúan hoy: algunos creen que no se ha cuidado la democracia lo suficiente y que muchos se vuelven contra ella, o no la defienden, o votan a partidos que no la desean.

Tocqueville sintió esa fascinación por la nueva democracia y por América, a través de sus viajes en 1831 y 1832, y, como sucede con lo muy nuevo, consideró que aquella tierra reunía en principio las condiciones para el desarrollo de una nueva libertad, sin miedo a la democracia nacida de la Ilustración. Así lo ha contado Lluis Bassets en un excelente artículo (Política & Prosa), preguntándose cuál sería la postura de Tocqueville ante la marcha de los acontecimientos en los USA de Donald Trump. ¡Los tiempos son impredecibles! Pero Tocqueville conocía el peligro de la llamada tiranía democrática, que tanto se parece a lo que estamos viendo hoy allí. Cuando se pierde la esencia, se manipula el contexto, se subvierte la separación de poderes, se encandila a la masa con la propaganda y la realidad inventada.

Como dice Bassets, Tocqueville observó que esa experiencia democrática, mientras Europa se enfangaba en la confusión post revolucionaria, ofrecía, sin embargo, “pocas garantías contra la tiranía”. Nadie lo hubiera dicho (o sí), pero ¿acaso no es lo que está sucediendo ahora en los Estados Unidos?

La presencia de Marco Rubio en la llamada Conferencia de Múnich ha desempolvado los malos recuerdos del último discurso de Vance en tierra europea. Vino a dar consejos, como si pudiera darlos. Un poco como Musk, azote de Sánchez y vendedor de libertades averiadas con dudosa gestualidad. Rubio ha sido más contenido en las formas, pero igual que Vance en el fondo. Europa ya sabe a qué atenerse, vino a decir. Merz es un tipo curioso, líder quizás a su pesar, envuelto en las mil contradicciones de la Alemania de hoy. Defendió el amor con Estados Unidos, en vísperas de San Valentín. Bien: pero es difícil querer si no te quieren. O si te desprecian. O si te humillan.

Amor así, no. Se parece al maltrato político. Y, sobre todo, ¿quiere Europa parecerse, aparte de la opinión desnortada de algunos, a lo que hace Trump en su propio país? No lo creo. Certificar el fin del viejo mundo es tanto como aceptar el regreso del viejísimo mundo. Con el permiso de Gramsci, hay demasiados monstruos con ansias de manejar el timón. La verdad incómoda está en la confusión europea actual, quién sabe si semejante a aquella posterior a la Revolución francesa. Pero Trump, como diría hoy Tocqueville, ofrece “pocas garantías contra la tiranía”. No, no se muere el viejo mundo: lo matan. Para sustituirlo por uno aún más viejo, más terrible y más injusto.

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