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Opinión | In memoriam

Profesora de la USC

Helmuth Rilling (1933-2026)

Hondo pesar es el que también tenemos una gran parte de la sociedad compostelana que se une al de otros sectores ante el fallecimiento del maestro alemán Helmuth Rilling. Ya tenía una edad considerable, había realizado cumplidamente su labor en el mundo dejando profunda huella en el ámbito musical, pero no por ello dejamos de llorar su muerte en este mes de febrero en el que precisamente, en unos días, se celebra el trigésimo aniversario de la Real Filharmonía de Galicia, nuestra orquesta nacida y lanzada al escenario el 28 de febrero de 1996 bajo su batuta. Una de sus integrantes -Irina Gruia, violinista- no dudaba calificar a Rilling como “el primer compás” de esta familia que hoy llora su ausencia.

Quiero dar voz a los ‘anónimos’ que en aquel día asistieron -asistimos- a verle dirigir en el Auditorio compostelano en aquella puesta de largo, sabedora de que muchos quisieran darle ahora, en público y en privado, con voz o sin ella, un último adiós. Él, con su buen hacer y su empática forma de ser, nos deleitó y alegró la vida durante los cuatro años que permaneció al frente de esta formación musical que nació pequeña y se fue engrandeciendo -más en méritos que en número- posteriormente.

Estremece un tanto pensar que los treintañeros, e incluso cuarentones y cincuentones, que se sientan en la actualidad en ese o en otros auditorios, no han visto en directo interpretar las grandes piezas corales de J. S. Bach (orgulloso estaba de haber grabado sus obras completas en CD) o las sinfonías de F. Schubert dirigidas por Rilling. Y, junto al temor, la pena, no tanto por el hecho en sí, pues se pueden escuchar esas grabaciones en discos o en la red, sino porque me temo que poco les suena el nombre de este especialista en el arte de uno de los gigantes del barroco germano y del sinfonismo amable de un cuasi romántico vienés. Cierto es que la Real Filharmonía de Galicia ha continuado con su trayectoria en estas décadas, y con éxito. Parabienes sean dados de paso. Pero en los cimientos estuvieron personas trabajadoras y brillantes como este alemán enamorado de Santiago. Y dentro de ese grupo primigenio no puedo dejar de citar a quien entonces -y durante muchos años- fue su director asociado: el compostelano Maximino Zumalave. Es fácil hacerse cargo de su pesar en estos momentos. 

Rilling es el primer director de la formación que nos deja. Espero que perdure su memoria, más aún en esta época en que se prescinde tan alegremente del reconocimiento debido a nuestros mayores, ignorando u obviando que sin ellos no se podría disfrutar de los bienes del presente. Por ello, reivindico el legado de este maestro y la labor de los gestores, amigos y colegas que hicieron posible que recalase en Santiago. Y aprovecho, asimismo, para poner en valor a los músicos que configuraron la orquesta en aquella etapa, algunos de los cuales -venidos de países lejanos y culturas muy dispares- aún los vemos tocando.

Por último, aunque no menos importante, aplaudo a un público, ahora entrado en años, que seguía y asistía con interés cada una de las apariciones de ‘su’ orquesta. Pienso que, en buena medida, no pocos estaban más ávidos de buena música que los que concurren en los últimos tiempos a una sala que, pese a lo que digan, se ve más vacía y menos ilusionada.

Poco antes de cumplir los 90 años, Rilling se sentía contento con el trabajo realizado. Preguntado por si le quedaba algo por hacer, respondía en una entrevista con estas palabras: “¡En realidad, no! ¡Espero con ansias los conciertos de mis hijos!”. Dulce descanso con el deber hecho y con deseos - por mi parte y la de otros muchos- de que le sea oportunamente valorado. D. E. P.

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