Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE

Profesor titular de Universidad

Rufián, Delgado y compañía

La política se ha ido atomizando, ya no existen mayorías, salvo alguna cosa, ya no hay aquella versión del Congreso con los grandes partido-estado, o como se diga, que no eran partidos, sino, por sus resultados, partidazos, pero ahora se hila más fino, se han multiplicado los matices, surgen candidaturas que, en realidad, se parecen entre sí, pero puede que no lo suficiente. Habrá alguno que concurra por oportunismo, o por pescar en río revuelto. Pero no por eso tiene menos derecho, y más aún si le votan. La democracia ha de ser pluralidad, diversidad, matiz: así que bien. Las sensibilidades son múltiples, sobre todo en la izquierda, muy troceada. La cosa es si eso nos renta, como dirían los adolescentes y también Sánchez y Feijóo, que imitan a veces su lenguaje, porque hay que atraerlos un poco. ¿Nos renta tanta fragmentación?

Se dice que los parlamentos se han hecho bastante ingobernables, que todo tiende a la bronca, que no se avanza en consensos, que el consenso es visto como algo propio de gente blanda, porque lo que está de moda es la mano dura y la mala leche parlamentar. Digo por lo que vemos y por lo que oímos. No ven rédito algunos líderes en las buenas formas, será que Trump ya va creando escuela. El desprecio, la humillación y el gesto desabrido acapara parte de la política contemporánea, y eso empieza a ser muy decepcionante.

Que no hay nivel, escucho. Que no hay aquel nivel. Puede ser, pero también hay mucha confusión y mucha escuela del cabreo como una de las bellas artes. La política del mal gusto y de la fiereza parlamentaria, que se multiplica luego en redes y en programas de debate y tertulia, o lo que sean, no ayuda a pasar el trago en este momento tan peligroso para la democracia global, atacada por demasiados lobos, en el que estamos virando hacia el gran autoritarismo (también le dicen neofascismo), desde una charlatanería populista con la que, sorprendentemente, muchos comulgan. Será que no se fijan. Estas toscas formas de la diplomacia de hierro se venden ahora como una revolución, como una nueva libertad, porque la memoria suele ser corta. Y dicen que hay mucho jovenzano comprando esta mercancía.

Quizás por eso, Delgado y Rufián, una dupla con nombre literario, ahora que me fijo, se han encontrado con la gente en la sala Galileo Galilei para hablar de la izquierda y de la posibilidad de acometer nuevas estrategias. No sólo por la crisis, o por el desgaste de la coalición de Sánchez, que resulta innegable, sino porque, como se suele decir, los números parece que no dan. He visto cierta cara de sorpresa, quizás porque la izquierda no termina de ponerse de acuerdo, como si no se percatara de por dónde le viene la sangría. Puede que Rufián y Delgado no vayan lejos con lo suyo, o sí, pero al menos se han puesto manos a la obra.

Existe una asentada creencia de que España es sociológicamente un país de centro izquierda, o eso dicen los de la demoscopia, pero Sánchez, acosado por tierra, mar y aire a causa de los errores propios y los errores cercanos, aunque también con aciertos e innovaciones en la política social, en la economía, y en la imagen exterior de España ante la deshumanización global, necesita esa clarificación de la izquierda. Él y los demás. Clarificación y acción, porque el problema no viene de las críticas de Felipe González, que allá él, sino de la fragmentación y de cierta indecisión. La izquierda sabe que se deja muchos pelos en la gatera cuando acude dividida, y ahí está la cosa. Así que Delgado y Rufián han empezado, sin duda, un debate muy necesario.

Tracking Pixel Contents