Opinión | POLÍTICAS DE BABEL
España como socio díscolo
Este año se conmemora el 40 aniversario de la adhesión de España a la Unión Europea; y al presidente del Gobierno no se le ocurre mejor forma de celebrarlo que darle la espalda a los mismos que han contribuido a abrirnos a la modernidad y a las ventajas del multilateralismo dentro y fuera de Europa. El pasado fin de semana lo vimos nuevamente en la Conferencia de Seguridad de Múnich; un escaparate destinado a la colaboración, pero que Pedro Sánchez utilizó para autoproclamarse como el último exponente de una socialdemocracia que, paradójicamente, él mismo se ha encargado de desprestigiar y travestir aquí en España.
El fingido buenismo de Sánchez, hablando de “valores” frente al “rearme nuclear”; y del “rearme moral” frente al “gasto militar” y como medida para combatir la “pobreza extrema”, sonó a populismo e impostura. En materia transatlántica, su pretendida “cooperación basada en la igualdad y el respeto mutuo” coincide curiosamente con las declaraciones actuales hacia EE.UU. vertidas recientemente por países como Cuba, Irán, o la propia Venezuela. Y su apuesta por ampliar ya la Unión incluyendo a Ucrania, va contra los intereses económicos y el aporte financiero del que, entre otros países, ahora disfruta España gracias al club de los Veintisiete (quizá no sea consciente Sánchez del impacto de las reformas dentro de la UE que supondría el ingreso inmediato de Ucrania en el club europeo).
El presidente de Finlandia se lo dejó claro. “Nos unimos a la OTAN para ser un proveedor de seguridad, no un consumidor”, dijo Alexander Stubb. En esta misma línea de aumento del gasto y las capacidades defensivas, se manifestó la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen; así como el canciller alemán Friedrich Merz, que abogó por una Europa con “capacidades militares robustas” y músculo nuclear disuasivo complementario a la OTAN. También el presidente francés Emmanuel Macron reconoció haber entablado un diálogo con Alemania y otros aliados para impulsar un sistema de “disuasión nuclear europeo”; en línea con el ‘premier’ laborista británico Keir Starmer, que apostó por una mayor autonomía europea dentro de la OTAN, y un “hard power” capaz de disuadir agresiones y, si hace falta, combatir; y así poder proteger esos mismos “valores” de los que habla cándidamente Pedro Sánchez.
La bienvenida del jefe del Ejecutivo español a corporaciones chinas como Huawei, mientras ataca a las tecnológicas estadounidenses; su negativa a aumentar el gasto en Defensa; la cercanía al régimen chavista de Venezuela; el apoyo explícito a Cuba a espaldas de la postura internacional; la regularización masiva de inmigrantes sin contar con la UE ni con sus efectos en el resto de Europa; su costosa obsesión con la “transición verde”; el ninguneo a la delegación europea anticorrupción; la negativa a aplicar el umbral de votos dictado por el Consejo para obtener representación en la Eurocámara; las decisiones unilaterales sobre Palestina e Israel; los giros favorables a Marruecos frente al Sáhara Occidental; y la posición vehemente y no consensuada contra la Administración Trump, desorientan a los líderes europeos y al resto de nuestros aliados tradicionales. Me pregunto cuántos años le costará, a quien asuma la tarea de Gobierno tras Sánchez, reconstruir los lazos de confianza que ha ido rompiendo el presidente español durante sus más de siete años de errática gestión en política exterior; una materia, por cierto, que hasta que él llegó a La Moncloa se solía planificar de manera coordinada con la oposición, y siempre bajo el paraguas y la aquiescencia de las Cortes Generales.
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