Opinión | Buenos días y buena suerte
Una izquierda y la otra
La amenaza tangible de que la derecha pueda ganar las próximas elecciones generales parece haber despertado a cierta izquierda. Y, en mayor medida, la amenaza aún más contundente de que esa posible victoria de la derecha vaya a ser complementada (necesariamente, afirman, según las previsiones) por la ultraderecha: lo que ha agitado el árbol más allá del Partido Socialista, mientras Sánchez mantiene una curiosa serenidad. O será que sólo la finge.
Feijóo ha venido a decir que la victoria de la derecha, o sea, la suya, está cantada, pero no ha dejado de levantar casi cada día una auténtica tormenta dialéctica contra el rival socialista: como si no estuviera, en verdad, tan seguro de la victoria. Algunas cosas le han ayudado, claro, porque el gobierno de Sánchez hace ya tiempo que transcurre por los duros desfiladeros del poder, mayormente a causa de algunos casos incómodos, pero aún más por la inclemencia de un Parlamento en el que pierde votaciones. Todo a causa de esa coalición en la que hay que tapar agujeros todo el rato. Pero, ya digo: a pesar de esas dificultades inmensas que acomete Sánchez cada mañana al despertar, el presidente parece manejarse con cierta soltura en las arenas movedizas, y, a pesar de ese rostro demacrado que algunos le atribuyen, como quien sufre en lo físico el impacto de la difícil gobernanza, lo cierto es que resiste los reveses con cierta indiferencia, como subrayando aquello que dijo de “ladran, luego cabalgamos”. Y en este plan.
Feijóo insiste, ya sea él, (más duro de lo que se le conocía, a veces en exceso), o a través de sus arietes habituales con su estilo desabrido, en los muchos males que, según dice, se derivan de que Sánchez siga en la poltrona. Claro que el tiempo pasa y Pedro resiste, como en el fondo se preveía. Pero no sólo eso: Sánchez está convencido de que sigue conservando mucho apoyo en el conjunto de la sociedad, y que sus medidas (el BOE siempre es el BOE) le ayudarán a confirmarlo. No juega Sánchez debajo del larguero, como dicen los futboleros, ante la indecible presión de la derecha, aunque tampoco se ha ido descaradamente al ataque. Más bien espera su momento, parapetado en la agenda social y en la economía, y resiste, porque resistir es, sin duda, lo suyo. Eso sí, dentro de la contención mediática, ha troleado un poco a González, tras aquel saludo de mano floja el día del homenaje a la Constitución, que tanto morbo levantó, diciendo que siente mucho su no-voto, porque entonces el alejamiento va a durar, ya que él piensa presentarse. “Y ganar”, le faltó decir. Aunque a lo mejor lo dijo. En el extranjero le va mejor, y ha conseguido ganarse cierto odio de Trump y de Elon Musk, lo cual es siempre un honor y dice mucho de su papel, también en Europa, frente al ascenso del autoritarismo y el neofascismo.
La otra izquierda a su izquierda, sin embargo, se ha movido, porque ve que el tiempo apremia y la ultraderecha no deja de crecer. Extremadura y Aragón han sido avisos para el navegante, aunque creen que en Castilla y León las cosas no serán exactamente así, por un mayor desgaste del gobierno en la Junta y por el ascenso, siempre limitado, sí, sobre todo a una provincia, pero significativo, de la Unión del Pueblo Leonés. Con todo, cunde la alarma en la izquierda, que cree que sufre una sangría de votos por esa atomización de la que hablábamos el otro día. En fin. Para lograr algo distinto, hay que hacer algo distinto. Podemos habla de estrategia puramente electoral y se aparta, pero resulta que sólo se gobierna gobernando. Feijóo lo sabe demasiado bien.
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