Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Fe de errores

Exdirector de la RAE. Su último libro es El atropello a la Razón (Espasa, 2024)

Limpia, fija y da esplendor

Últimamente ha vuelto a dar que hablar, y anda circulando por los papeles la divisa que identifica la Real Academia Española desde su fundación en 1713 y que enseguida se hizo muy popular hasta hoy mismo. Es de justicia reconocer que los admirables ocho académicos fundadores que formaban la tertulia del marqués de Villena, amén de abanderados de la Ilustración, alentaban ya barruntos de precoces expertos en mercadotecnia. No han faltado así comentarios jocosos en el sentido de que su lema podría también servir, pasado el tiempo, para promocionar un detergente de lavavajillas.

Lo cierto es que limpia, fija y da esplender apunta ya con buen tino hacia los cometidos que esperaban a la flamante Academia Española, que nació por una pura iniciativa de la sociedad civil a la que enseguida el monarca Felipe V puso bajo su protección, de donde viene el calificativo de Real. Pero pensándolo bien, la divisa va más allá en su rendimiento expresivo, pues en cierto modo no solo resume las tareas de la RAE sino que también avanza hacia los criterios de elección de sus miembros, que ahora son cuarenta y seis.

Efectivamente, un sector fundamental en la distribución de sus sillas lo constituye los lingüistas y filólogos de los que se espera la continuidad de la tarea en lo referente a la fijación del idioma, la preocupación mayor de los ocho fundadores, a los que se añadieron seis académicos más antes del final de 1713. Pero no cabe duda de que el esplendor lo aportan los escritores, los creadores que hacen brillar el idioma en su potencialidad máxima mediante la poesía, la narrativa o el teatro y encandilan a lectores y espectadores. Finalmente, bien puede admitirse la existencia de un tercer grupo académico de menor entidad, con el que personalmente me identifico como “señor de la limpieza” que trabaja desde 2008 en Felipe IV 4.

A este respecto, repasando la historia de esta institución que ya ha cumplido sus primeros tres siglos de vida, es de notar que el esplendor aportado por los escritores tardó en hacerse presente en la trayectoria de la RAE. Los académicos del siglo XVIII fueron casi todos esforzados trabajadores en la fijación de la lengua a través de la elaboración de sus tres códigos fundamentales: la ortografía, la gramática y el diccionario, el benemérito Diccionario de la lengua castellana cuyo primero de sus seis tomos se publicó en 1726, hace precisamente ahora trescientos años. Tan solo habían pasado trece desde que la Academia se había constituido, de modo que no podemos por menos que reconocer que aquellos esforzados pioneros fueron unos auténticos titanes en beneficio del castellano, empeño que concluyeron en 1736. Su proeza pasaría enseguida a ser mencionada como Diccionario de Autoridades, porque cada una de sus treinta mil voces está documentada con citas tanto de literatos canónicos como de otros textos más municipales y espesos, fuentes no literarias bien estudiadas por el académico Pedro Álvarez de Miranda, entre ellas las Ordenanzas de Abejeros, Huertas y Montes o la Pragmática de tasas de 1680.

Como secretario de la corporación pude encontrarme así con testimonios emocionantes de aquella laboriosidad de los fijadores ilustrados como el que me proporcionó la carta que un académico envía al director justificando sus ausencias por causa de achaques propios de su edad que ya está superando, al tiempo que solicita un subsidio económico porque se le ha muerto la mula y sin ella no está en condiciones de trasladarse a la sede académica para trabajar allí con los documentos literarios y no literarios. De hecho, la incorporación del esplendor aportado por los escritores es muy posterior a estos comienzos de callado, oscuro pero sumamente fructífero trabajo fundacional. Será ya en pleno siglo XIX cuando se incorporan a la RAE sobre todo los dramaturgos de mayor reconocimiento público, Martínez de la Rosa en 1821, Bretón de los Herreros en 1840, Ventura de la Vega en 1845, Zorrilla en 1849, Tamayo y Baus en 1859, García Gutiérrez en 1862. En ese mismo siglo, en cuanto a los poetas, Álvarez de Cienfuegos fue académico en 1801, Meléndez Valdés en 1812, Quintana en 1814, Campoamor en 1862. Entre los novelistas, el primero elegido fue Juan Valera en 1862, y Galdós lo sería en 1897. En el siglo anterior los poetas académicos fueron únicamente dos fabulistas, Iriarte y Samaniego, y un solo dramaturgo, Vicente García de la Huerta.

Pero volviendo a la cuestión del lema que de nuevo está en el candelero, me parece oportuno recordar que en abril de 1713 los fundadores discutieron sobre veintiséis empresas posibles, y la que resultó finalista junto a la finalmente ganadora fue, ni más ni menos, Aprueba y reprueba. Mas, prudentemente, se descartó tan exigente compromiso como el que implicaba porque, pensándolo bien ahora, faltaban más de cien años para que el duque de Ahumada creara el cuerpo de la Guardia Civil, el único que podría intervenir ejecutivamente en la aplicación del lema descartado mediante, por caso, la constitución en su seno de una unidad central operativa, una UCO lingüística encargada de investigar las prevaricaciones idiomáticas e incoar los precisos expedientes sancionadores.

Acaso esta breve reseña histórica sea de utilidad para iluminar los tintes polémicos con que ha irrumpido en la palestra una vez más el limpia, fija y da esplendor de la RAE, así como la contraposición entre el esplendor de los escritores y la callada tarea de los fijadores. Entre la esencia y la función de la RAE como descriptora o como prescriptora del lenguaje.

Tracking Pixel Contents