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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

La herida punzante de Ucrania

Nosotros vemos Ucrania como una herida propia. Es nuestra herida punzante, la herida en el costado de Europa. Se podía intuir ese golpe, porque antes estuvo Crimea, por ejemplo, y otros asuntos, pero quizás nunca se valoró propiamente que Putin ordenara una gran invasión. Y, si se hizo, no se pusieron medios, o no demasiados. Hubo un tiempo en el que Putin era prácticamente un aliado, alguien cercano con quien tratar, siempre con cierta cautela, pero manteniendo equilibrios, relaciones comerciales y, por qué no decirlo, con esa admiración por la vieja Rusia que ha dado tanto a la cultura.

Pero las cosas se torcieron. A causa de lo que se ha llamado un viaje hacia la autocracia y a causa del germen de los imperios, que también ha despertado en los USA con Trump para nuestra desgracia. Putin consideró que había que volver a hacer grande a Rusia otra vez, aunque apenas lo verbalizó (sólo puso los tanques), incómodo y quizás resentido con la caída del imperio soviético, que siempre la pareció una maniobra inexplicable. En los últimos tiempos se ha reinventado, como una mezcla entre el líder amamantado en la época soviética y un zar 2.0, contrario por completo al éxito de Europa.

Hoy se cumplen cuatro años de la invasión de una buena parte de Ucrania y no hay muchos síntomas de que la cosa se detenga. No hay conflicto peor que un conflicto enquistado. Ucrania ha resistido con toda la ayuda, sin llegar a convertirse aún en un estado de la Unión (Europa maneja los tiempos y una prudencia que algunos consideran indecisión y temor). Aunque ahora las cosas son un poco diferentes, al menos desde el gobierno Trump. Zelenski plantea que el invierno y los ataques masivos desde Rusia, sobre todo al sistema energético, están llevando al límite a su país, que se muere de frío. Una vieja estrategia centroeuropea: el invierno como arma. Es una guerra que no se puede ganar ni perder del todo, una guerra que horroriza a la Unión.

Todo esto hace que esa herida punzante en el costado de Europa no deje de sangrar, de provocar al tiempo un contexto extraño, poco reconocible en una parte del mundo que se suponía muy civilizada. Ya no se puede considerar que las guerras en Europa son cosa del pasado, como algún día afirmamos con orgullo. Europa, aún perpleja, ha apoyado a Zelenski, porque en Europa sí hemos creído que esta guerra es también nuestra guerra, nos apela, nos atañe y, desde luego, nos amenaza. Pero, sobre todo, no se olvide, es la guerra de los que la sufren. Y de los que mueren en ella. Antes que una guerra en Europa es una guerra en Ucrania. Tocando, sí, el nervio de Europa cada día.

La irrupción de Trump como elefante en una cacharrería, o sea, según su libro de estilo, no ha mejorado las cosas. Prometió que acabaría con esa guerra (y con otras) en dos tardes, pero sucede que este no es un plato sencillo de cocinar. Por si fuera poco, Trump ha llegado poniendo en cuestión el proyecto europeo, de forma irrespetuosa y muy beligerante. Ucrania se ha encontrado una Europa ninguneada en el peor momento: y a pesar de ello, Europa, en este asunto, no ha flaqueado. Ha comprendido que los tiempos son duros, algún país ha recuperado el servicio militar y sabe que Ucrania, en el fondo, ha podido ejercer de barrera de contención ante el apetito ruso.

El apoyo es sincero, de eso no hay duda, pero también necesario para defender las democracias occidentales, cada vez más amenazadas: por cierto, también desde el otro lado. Europa se siente un paréntesis en medio de dos gigantes airados. Trump ha escenificado una notable empatía con Putin, aún a sabiendas de que, sin el apoyo americano, Ucrania lo tendrá difícil. No son pocos los que creen que Putin puede haber minusvalorado la invasión, que está lejos de ser un paseo, pero su estrategia con Trump suena casi a burla, a broma infinita. No le irá bien del todo en la guerra, pero no tan mal como para pararla. Un occidente debilitado, siempre es una opción para él, aunque, sin beneficios territoriales, Putin no se retirará. La herida sigue sangrando.

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