Opinión | El desliz
Marlaska dimisión
¿Es el ministro una persona incapaz de calar a un machirulo peligroso con el que departe y se reúne a diario, una pieza imprescindible de su organigrama?

El ministro del Interior. / Elisa Martínez
Tempus fugit. Ya hace una semana que el ministro del Interior tendría que haber dimitido, y ahí sigue. Una afrenta para las mujeres españolas, incluidas las de su partido. Incluida Aina Calvo, hoy secretaria de Estado de Seguridad, ayer secretaria de Estado de Igualdad. ¿Igualdad? Sí, todos son iguales, no se van de la poltrona ni con agua caliente, por mucho que la cruda realidad demuestre un nivel ínfimo de excelencia en su gestión. Fernando Grande-Marlaska no piensa dimitir porque «desconocía» que su director adjunto operativo de la Policía Nacional, José Ángel González, era destinatario de una querella por presuntamente violar a una inspectora del mismo cuerpo, con la que tuvo una relación que ella finiquitó. Entonces, ¿es el ministro una persona incapaz de calar a un machirulo peligroso con el que departe y se reúne a diario, una pieza imprescindible de su organigrama? Por lo visto sí. Además, nadie le cuenta las cosas importantes que pasan en los despachos de su negociado, como que hay rumores serios de mandos de muy arriba que presionan a mujeres para que se acuesten con ellos y para que cierren el pico si son agredidas, so pena de irse al paro. Nada más leer la denuncia, el juez que Marlaska lleva dentro otorgó toda la credibilidad a la querellante. Pero no cesó al infausto comisario, le permitió renunciar a su cargo. Demostrando una autoexigencia nula y una autoindulgencia infinita, el ministro ha puesto su destino en manos de la víctima, una funcionaria que ha solicitado escolta y que bastante tiene con buscar justicia mientras su vida descarrila. Vaya. Yo pensaba que es el presidente del Gobierno y no una particular quien puede y debe cesar a un miembro de su gabinete si se demuestra que ha faltado a su obligación in vigilando. Nos conformaríamos con una vicepresidenta como Yolanda Díaz que le exigiera responsabilidad, a falta de un Pedro Sánchez a la altura. A no ser que el inquilino de La Moncloa pretenda dar otro de esos golpes de efecto que tanto le gustan y releve a Marlaska como regalo del 8M.
La semana en que hemos conocido cómo se las gastan nuestros ángeles custodios al más alto nivel, el ejemplo que dan, el trato que prodigan a sus compañeras y el celo que exigen en la erradicación de la violencia de género, se han registrado seis asesinatos machistas: cuatro mujeres y dos niños. Un escándalo y una carnicería. Llevamos diez crímenes este año, en la mayor parte de los cuales existían denuncias previas e incluso órdenes de protección. Si esto es un éxito para el ministerio del Interior, que venga Marlaska y nos lo explique. Podría plantearse, después de casi ocho años de desempeño, dar el relevo a alguien que llegue con ideas nuevas. Que compare la energía que ha invertido en superar la crisis de su colaborador estrecho y mantenerse en el cargo, con la dedicada a los feminicidios.
El feminismo no permea en los estamentos opacos de siempre porque se exhibe como una bandera de conveniencia. Acabamos de saber por el último Observatorio de la Juventud que cada vez menos jóvenes se consideran feministas, particularmente los hombres, que entienden esta ideología como una «herramienta política de manipulación y adoctrinamiento». Les horrorizan los crímenes de género, pero piensan que no se pueden evitar. Un planteamiento derrotista, pero quién puede extrañarse si están viendo a sus mayores naufragar de esta manera entre la teoría y la práctica.
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