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Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE

Profesor titular de Universidad

Espido Freire y el viaje sentimental

Cada dos años o así, hablo con Espido Freire. Si por mi fuera, hablaría todos los días. Gallega por sus orígenes familiares, vasca por nacimiento, Espido es, sin duda, una escritora peculiar. Quiero decir que no se parece a ninguna otra, y eso, en los tiempos que corren, no es poca cosa. No habla como escribe, pero su conversación destila pasión literaria, especialmente por los lugares que, poco a poco, la han construido. Porque pertenecemos a ciertos lugares. Nos vamos uniendo a ellos. Sentimos que forman parte de nosotros.

Hablo con Espido a través de videoconferencia y de inmediato se produce esa conexión en torno a figuras a las que ambos consideramos guías imprescindibles de nuestros gustos literarios. Jane Austen o las Brontë surgen, como otras veces, en la conversación. No sólo porque están entre las autoras favoritas de Espido Freire, sino porque modulan, o eso creo, su idea de la belleza, su propio espíritu literario. «Si es que eres una romántica», le digo. Pienso, sobre todo, en el famoso Grand Tour del XIX, mayormente del XIX (aunque antes también), que llevaban a cabo los poetas, aristócratas y bien situados muchos de ellos. Un viaje a lugares nuevos, al Mediterráneo, a ciudades de Italia, de Francia o de Suiza. Un Erasmus para intelectuales.

Espido Freire tiene muchos de los ingredientes de un buen romántico, y, entre ellos, está la pasión por el viaje. Desde niña quería viajar, conocer los lugares de la literatura y también los no-lugares, los lugares invisibles o inventados. Ciudades literarias y ciudades literaturizadas, le digo, como la elegante y silenciosa Bath, donde aún late la presencia de Jane Austen. Viaja Espido Freire acompañada en sus viajes organizados, que se han hecho famosos. Pero también ha viajado mucho sola. Los viajes dependen no sólo del destino, sino de tu actitud. Y a veces de tu soledad. Las ciudades se abren en ocasiones como flores distintas, inesperadas. Como flores secretas.

Espido Freire acaba de publicar un librito maravilloso: breve pero cargado de pasión por el viaje y por la literatura. Y por la memoria, que es donde construimos los edificios del pasado para contemplarlos en el presente. «Guía de los lugares que ya no existen» (Premio Eurostars, RBA). Es una pequeña joya. Los lugares que ya no son lo que fueron. O que simplemente han cambiado. Como Damasco, que ella conoció antes de la guerra. Como su propio Valle de Ayala, y Bilbao, y la gran evolución. «Bilbao ha reescrito su leyenda con un museo». Me acuerdo de Ítalo Calvino y ‘Las ciudades invisibles’ cuando hablo con ella. Me acuerdo de Sterne y ‘El viaje sentimental’. Me acuerdo, y ella lo cita, de Kavafis: lo que importa es el viaje. «La ciudad irá en ti. Volverás / a las mismas calles», dice el poeta.

Espido Freire nos lleva a bordo del Orient Express y de la Agatha Cristie que se esconde en Harrogate para olvidar, y desde allí nos lleva a las Brontë y a sus páramos de la memoria en Yorkshire y toda la pasión salvaje. Las casas: que son castillo y prisión. Las casas de Jane Austen. Como en el Bath dorado, que aún existe. O la casa parroquial de Haworth. Allí late la memoria en un paisaje donde aún caminan aquellos monstruos, aquellos amantes. Paisajes literarios, ciudades invisibles o literaturizadas para siempre. Y Compostela y Fisterra, que también están en este libro: viajes telúricos, piel y tierra, y la pasión por alcanzar el fin del mundo, todos los finisterres, reales o míticos, donde empieza lo desconocido. El viaje inventó la literatura. ¿Y viceversa?

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