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Opinión | POLÍTICAS DE BABEL

Profesor universitario

La paz tendrá que esperar

El axioma que dicta que con una guerra nadie gana y todos pierden se vuelve más real que nunca mirando a lo acontecido en Ucrania tras la invasión de Rusia. Después de más de cuatro años de conflicto bélico, no hay más que recordar el millón doscientos mil soldados rusos muertos, heridos o desaparecidos, y los más de 600.000 ucranianos que han compartido el mismo destino, además de los miles de víctimas civiles, para constatarlo. Así lo lamentan también esos seis millones de refugiados ucranianos distribuidos por el mundo, en su mayoría a lo largo de Europa; así como los 3,7 millones de desplazados internos y, sobre todo, los casi 15 millones de ciudadanos que necesitan ayuda humanitaria urgente en el país. Tampoco los rusos, pese a su apoyo mayoritario a Putin y al Ejército del Kremlin, son ajenos a las consecuencias de una agresión que fue más allá de una supuesta “operación militar especial” (de apenas 72 horas), para convertirse en una tragedia humana que incluso estigmatiza injustamente a los civiles rusos fuera de sus fronteras.

La Federación de Rusia ya es consciente de que su antiguo y peculiar prestigio basado en el poder y la influencia se ven hoy más degradados y repudiados que nunca. Kiev no cayó en tres días; y Moscú tampoco logró someter al vecino díscolo, ni responsabilizar a la OTAN por su presencia cada vez más cercana a las fronteras rusas. Sí logró debilitarla por el lado estadounidense; pero no impidió su ampliación con Finlandia y Suecia. Tampoco consiguió acabar con la UE (al menos, de momento); pero sí logró evidenciar sus notables divisiones internas. Lo vemos con el préstamo de 90.000 millones de euros aprobados en el Consejo Europeo (que Hungría, Eslovaquia y Chequia, por cierto, firmaron; eso sí, a condición de no aportar ellos nada), pero que ahora Budapest incluso se niega a ratificar. Y también con el vigésimo paquete de sanciones a Moscú, a sus entidades, y a las empresas que le exporten soporte técnico y electrónico; un castigo que, de nuevo, Víktor Orbán decidió vetar. Y mientras Keir Starmer, Emmanuel Macron y Friedrich Merz proponen para Europa “capacidades militares robustas” y “músculo nuclear disuasorio”; y Polonia, Finlandia, Dinamarca y los Estados Bálticos se rearman y piden refuerzos, Pedro Sánchez no descarta un Ejército europeo; eso sí, con un rearme sólo “moral”, y sin aumentar el gasto en Defensa. Ridículo.

La Coalición de Voluntarios europeos trata de meter cabeza en las negociaciones desde París; las delegaciones rusas, ucranianas y estadounidenses se reúnen en Abu Dabi y en Ginebra. Pero nada; seguimos sin visos ni de Paz ni de alto el fuego. Antes fueron Trump (que iba a acabar con la guerra en 24 horas) y Putin los que conversaron en Alaska y en Riad. Pero parece que fue más para colaborar conjuntamente en la explotación del Ártico ruso, a cambio de que Trump tuviese vía libre en Groenlandia y en ciertas operaciones en América Latina, que para lograr un plan de paz de 20 puntos convincente para Kiev y Moscú.

Zelenski se envalentona y asegura que puede aguantar hasta 2028 (aunque sea Europa la que esté afrontando el 90% de la factura). Putin, por su parte, logró aprobar ya un presupuesto para alargar la guerra, como mínimo, dos años más. El primero ha perdido buena parte de su apoyo popular, pero aguanta por encima del 50%. La popularidad del segundo, sin embargo, es muchísimo mayor en Rusia, por lo que no cederá hasta poder brindarle a sus ciudadanos, al menos, todo un Donbass desmilitarizado y sin rastro de la OTAN; y, si es posible, incluso un nuevo Gobierno en Kiev más favorable a Moscú.

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