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Opinión | NOTAS DE ACTUALIDAD

Catedrático de Arte

El Pórtico y Acisclo

El Museo das Peregrinacións, en Santiago de Compostela, es el escenario en el que se presenta ahora Acisclo Manzano (Ourense, 1940). Se titula su exposición Bocetos para Mateo. Reúne en torno a cincuenta obras en los que predomina el trabajo sobre el barro acompañado de otro, acometido en dibujos, a modo de quehaceres preparatorios, de traza fuerte, decidida, en un cierto contraste con la sinuosidad y esa especie de temblor con el que modula la materia que otorga a su creatividad una muy personal plasticidad.

El Pórtico de la Gloria le ha inspirado. En él supo ver una referencia inexcusable. Se posiciona el artista ante esa obra magna, admirada a lo largo de los siglos, manantial en el que bebió, entre otras, Rosalía de Castro y en el que un enorme fotógrafo, como fue Ksado, supo plasmar el encuentro entre el peregrino y la meta, en una inolvidable instantánea. Además, quienes practican la Historia del Arte como campo de investigación, por qué no, se afanan, también, en ahondar en sus mensajes y en sus misterios, al compás de un tiempo que le ha otorgada a tan magno conjunto el don de una reciente y cuidada restauración de sus viejas policromías para, de tal modo, si cabe, aportar otros matices.

No es la primera vez que Acisclo toma al Pórtico de la Gloria como punto de partida. En su quehacer hay una exposición, también compostelana, , presentada en la Casa de la Parra, datada en el año 2004 – en la plenitud de un Xacobeo-, a la que tituló As portas da luz, en la que también abundó en su interés por ese mismo hito inspirador. Aquí, en esta nueva entrega, en la plenitud de su madurez, el escultor orensano es fiel a sus principios, a su experiencia, a lo que le ha definido a lo largo de tantos años. Algunas de las piezas que aporta tienen una indudable belleza. Entre otras, su valoración de la cabeza del Santiago Mayor del parteluz y los ancianos de la Apocalipsis, con sus instrumentos musicales. En definitiva, Acisclo vuelve, una vez más a Compostela, con las mismas ansias que cuando llegó hasta aquí para aprender. Tuvo la fortuna de hacerlo al lado, nada menos, que de Asorey, y con su mirada puesta en Mateo.

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