Opinión | POSDATA
Con perdón
Perdonad, amigos, pero lo siento así: tengo miedo. Si queréis lo digo con más suavidad: no entiendo absolutamente nada de lo que está pasando. O mejor dicho, venga, vamos, para darle más matiz: precisamente porque lo entiendo, me asusto. Ni siquiera intentando meterme en la cabeza de Donald Trump, si es que la tiene, consigo hacerme una idea de cuáles pueden ser sus intenciones, de qué quiere y por qué nos empuja a ir detrás de él.
No me tengo por listo, pero sí estudioso. He estudiado casi todo lo que otros dijeron o escribieron sobre las torpezas, las fechorías, las provocaciones, los ataques, sobre todo, absolutamente todo lo que se le puede ocurrir a un tipo cerebralmente descarriado que pudiera tener consecuencias dañinas para todos los demás.
Pensad: somos europeos, ¿no?, y en esta nuestra parte del mundo se han producido dos de las más grandes guerras que han sacudido a la humanidad, tan innecesarias de nombre que ya basta con señalarlas como la primera y la segunda; pues bien, bástenos con estas, ya sin recordar, perdonad, la nuestra, para mostrar que es imposible contar el número de muertos que han provocado. ¿De verdad que no bastaron para aprender lo que se debe y lo que no se debe hacer?
Es por esto por lo que me agobio: ¿si no hemos aprendido lo que había que haber aprendido, pueden volver a suceder las malditas desgracias que entonces segaron la vida de tanta gente?
Desde hace días me enchufo a los informativos a primera hora de la mañana. ¡Es terrible! Lo único pacífico son los anuncios. Voces agrias, sangre, muerte. Todo lleno de culpables, sin inocentes. Ni siquiera me da tiempo a seguir sus pasos sin retraso: entre que escribo esta columna y vosotros la leéis ya se pueden recontar desgracias que yo no he tenido tiempo de recoger entre los renglones. ¿Os dais cuenta? No hay calma, no hay sentido, no hay, uf, iba a decir solución. Alguna habrá, digo yo, pero ni se me ocurre cuál podría haber. La de que todos los imbéciles se mueran antes del próximo amanecer ni debe ni puede ser. Menos aún que pensemos de esa manera. Pero entonces, ¿cuál? ¿Quién nos salvará de este pecado?
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