Opinión | Políticas de Babel
Las armas de destrucción de Irán
Son diversos los planos desde los que analizar la operación ‘Furia Épica’ de Trump, ‘El Rugido del León’ de Netanyahu, y ‘La Promesa Verdadera 4’ de Irán. Pero, más allá de la deseable transición y cambio de régimen, o de las dificultades para aplicar el Derecho Internacional, lo que parece claro en el conflicto bélico es la relevancia del sector armamentístico de Defensa y seguridad que rodeaba al régimen de los ayatolás. En lo que a las “armas de destrucción masiva” se refiere (nucleares, químicas o biológicas), se observan dos posicionamientos. Nos encontramos, por un lado, con aquellos que dicen que no existen (como en 2003 en Irak), y que se usan como excusa para obtener por parte de EE.UU. un mayor control sobre la producción y la distribución del petróleo iraní en Oriente Medio. El objetivo, según ellos, sería incluso debilitar la economía china, y su consolidación en la región.
Pues bien, aunque es innegable el 40% de dependencia china del petróleo del Golfo Pérsico (también Japón, India y Corea absorben, junto con China, el 70% del crudo que atraviesa el estrecho de Ormuz), lo cierto es que, dentro de las negociaciones entre EE.UU. e Irán tanto en Omán como en Ginebra, las exigencias de Washington a Teherán para moderar la producción de uranio, y reducir su enriquecimiento del 60% al 3,67%, o incluso al 5% (suficiente para un uso civil), sólo las pretendía aceptar el régimen iraní unos años y a regañadientes; incluso se negaba a enviar a Rusia las reservas que ya tiene de uranio altamente enriquecido.
Así, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) certifica que Irán posee unos 440 kilogramos de uranio que, si llegasen al 100% (o incluso al 90%) de enriquecimiento, podrían usarse para elaborar hasta 10 bombas atómicas (funcionarios de Washington aseguran que poseían incluso más: unos 10.000 kilogramos). Y sí; si EE.UU. e Israel atacan ahora, es precisamente para que Teherán no llegue a tener en poco tiempo esa arma disuasoria; una amenaza que entonces sí impediría la injerencia o intervención militar extranjera, como ocurre ya con Corea del Norte o con Rusia. Hasta la posibilidad de retomar las verificaciones e inspecciones nucleares por parte de la OIEA, Teherán la condicionaba al levantamiento de las sanciones y al desbloqueo de sus activos financieros en el extranjero, según señalan los negociadores.
Asimismo, estamos viendo cómo sí disponía la Guardia Revolucionaria de potentes misiles balísticos e hipersónicos (como el Haj Qasem, con 1.400 km de alcance; los Fattah I y II, de 1.500 km de alcance; o el Sejjil, de hasta 2.000 km de recorrido). Los desarrolla Irán (junto a otros suministrados por China) dentro de un proceso de reconstrucción acelerado de su arsenal, que el régimen tampoco estaba dispuesto a frenar ni a abandonar (“es innegociable”, alegaban los persas). Luego están los drones kamikaze de última generación, como el Shahed 136 (que alcanza 2.000 km y sólo cuesta 30.000 euros, frente a los dos millones de un misil de interceptación). Junto a sus versiones Geran(ium) de cofabricación rusa, sus baterías de cohetes, y su artillería no guiada, constituyen las armas que amenazaban la paz y la seguridad en Oriente Medio, Europa y América, pues estaban siendo enviados a Hamás en Gaza; a Hezbolah en el Líbano (como ya estamos viendo); a los hutíes de Yemen; a los paramilitares de Siria; a las milicias chiitas de Irak, Pakistán y Afganistán; a Rusia frente a Ucrania; a Cuba, Venezuela y Nicaragua; y a organizaciones internacionales vinculadas al terrorismo, los cárteles de la droga, y el crimen organizado.
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