Opinión | La lectura y los libros
Felicidad y agradecimiento
Soy nuevo en el privilegio de escribir en este periódico, y en cualquiera en realidad. Afortunadamente tengo amigos a los que consulto, pido corrección de mis borradores y expongo mis dudas; he comprobado que está en nuestra mano hacer que la escritura no sea una labor tan solitaria como a menudo se dice. Y eso sin tener en cuenta que lo que más nos anima a escribir es haber leído, que supone vivir en relación con los escritos de personas de gran variedad de épocas, lugares y condiciones.
Así, envío estos pequeños textos también a Gregorio Luri, filósofo y pedagogo, gran escritor de artículos y ensayos. A propósito del penúltimo, que trataba de por qué leemos y estaba sin duda sobrecargado de citas, comentó que los lectores voraces a menudo citamos abundantemente, y lo hacemos por respeto y admiración, pero me aconsejaba dar rienda suelta a mi propia voz.
He resuelto seguir en adelante el consejo de Don Gregorio, uno de mis mayores maestros informales, procurando no pasar de una cita por artículo, y de la mayor pertinencia.
Doy fe de que la admiración era el motivo de mi conducta: siento que aquello que dice el autor al que hago referencia está lleno de belleza y verdad, y no cabe vestirlo con palabras que no sean las suyas. Sin embargo, hablando con algunos de mis amables lectores reparé en que las citas, entre otros inconvenientes, hacen dudar de si aquello que expongo es o no una firme convicción mía. Y si algo quiero dejar bien claro es qué cosas defiendo.
Por ello, en adelante, y salvo excepciones, procuraré utilizar mis propias palabras; todo está dicho ya, pero al mismo tiempo todo debe decirse de nuevo, incluso aunque lo que alumbremos no sea todo lo digno que debiera.
Y, a propósito de excepciones, en el último de los textos que publiqué, que contenía unos apuntes sobre la felicidad, me dejé algo en el tintero por falta de espacio. Se trata de su relación con el agradecimiento, en la que reparé, como una iluminación de lo alto, casi una epifanía, merced a este prodigioso fragmento de un libro por lo demás muy difícil para mí: «Con la felicidad acontece igual que con la verdad: no se tiene, sino que se está en ella. Sí, la felicidad no es más que un estar envuelto, trasunto de la seguridad del seno materno. Por eso ningún ser feliz puede saber que lo es. Para ver la felicidad tendría que salir de ella: sería entonces como un recién nacido. El que dice que es feliz miente en la medida que lo jura, pecando así contra la felicidad. Sólo es fiel el que dice: yo fui feliz. La única relación de la conciencia con la felicidad es el agradecimiento: ahí radica su incomparable dignidad».
En mi artículo había llegado a la conclusión de que para tener momentos felices no convenía apuntar directamente a la felicidad, sino más bien a lo que para cada uno tiene un sentido profundo, da razón de su vida. Esta cita que traigo aquí, cual cartero que porta un regalo, acaso nos anime a dirigir nuestra atención a otro objetivo: los motivos que cada uno de nosotros tiene para el agradecimiento.
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