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Opinión | Buenos días y buena suerte

Los periodistas de entonces

Iba a hablar de las elecciones de Castilla y León, tal que este domingo, que muchos dan como una repetición de las de Extremadura y Aragón, pero mis analistas legionenses me dicen que no está todo el pescado vendido (truchas y bacalao al ajoarriero de Astorga, mayormente). Que puede haber cambios porcentuales importantes y tal. No lo sé. Es una comunidad de composición varia, para muchos, imposible, que atribuyen a la creatividad de última hora de Martín Villa. Pero el leonesismo de nuevo cuño, sólo separatista de Castilla, no de España, como piensan algunos, no termina de hacerse con el mando provincial, por más que se haya inaugurado una gran exposición de la reina Urraca en el Museo de León, y por más que mi querido Paco Narla, escritor de altos vuelos, literalmente, la coloque en ‘Ultreia’, su nueva novela, que presentamos ayer en los tejados catedralicios de Compostela.

Iba a hablar de Castilla y León, toca reflexionar y no comer carne de encuesta en exceso, aunque ganará el PP, claro. Todo está un poco sin acomodar del todo. O será cosa mía. Mañueco mira mucho a Pollán, por el ascenso ultra que allí, dicen, será menos. Pero quién sabe. Sánchez se trajo a Martínez, un candidato nuevo de Soria, cabeza de Extremadura, y, luego, la UPL, eterna promesa del Reino de León, espera crecer con la única candidata, que, paradójicamente, se llama Alicia Gallego.

Para no hablar de las elecciones de Castilla y León, ya vamos entrando en el tercer párrafo. Esto le pasaba mucho a Raúl del Pozo, maestros de maestros, que se nos ha muerto, tristemente, y al que tanto queríamos. Escribió de política en la última de El Mundo, como quien lleva un rastro de pesadumbre en el corazón. Raúl no era ajeno a este momento de monólogos a puño limpio, y, él, que amaba la caricia de las palabras, el vértigo a lo Gay Talese, el erotismo de la sintaxis, pero también cierta refriega en el ring, y mucho más la lírica de los últimos bares, como hacíamos todos los de entonces, se dejó llevar por los compases del periodismo literario, que tal vez ha muerto ya, o anda desangrándose por las esquinas, apuñalado por la IA, en esa soledad de los corondeles. El corondel no tiene quien le escriba.

Del Pozo, entre dandi y señor de Cuenca, no fue mi amigo, apenas lo conocí, pero en sólo tres noches de Compostela me fue explicando de qué iba el gremio. Uno no era, ni es, periodista de carrera, como tantos, y coincidió con Del Pozo, nada menos, en unas Jornadas de la Juventud del Papa, en Santiago. No te digo más, Tomás. Cubríamos la cosa con admiración por la estética del ritual colectivo, y luego tomábamos licor mientras la noche aguantaba la techumbre de la ciudad. Sus artículos en El Independiente, aquel periódico aún sábana que parecía inglés, eran estallidos de pura literatura, el santísimo orgasmo de la sintaxis. También estos textos de la visita papal, que andarán por ahí, si es que no lo he soñado, que podría ser.

Me dicen que ya no queda ese periodismo. Tal vez se lo ha llevado Raúl a la tumba, porque nosotros, algunos de provincias, que no todos, no fuimos capaces llegar a la corte con descaro. Otro que alcanzó la puerta del éxito fue Ónega, que nos dejó también en estos días que aún no se sacuden el peso infinito del invierno. Hoy quedé para hablar con Sonsoles. Como decía Umbral, para hablar de su libro.

Del Pozo heredó el reino de Umbral, al que recuerdo de los veranos en la Fundación Cela, destrozando la previsible, pero nunca rivalizó con él, ni lo pretendía, aunque sabía que había puesto una casa colgada en la contra del periódico, desde la que arrojarse. Un día fui a verlo a Marqués de Riscal, Peñafiel musitó que a esa hora no estaba, que luego podría verlo en el Archy, si acaso, donde iba casi siempre de azul. Por allá andará, o en su casita donde desmenuzaba los últimos sueños, ahora que ya era un clásico a su pesar.

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