Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Políticas de Babel

Profesor universitario

La sucesión de Alí Jameneí

El nombramiento del segundo hijo del ayatolá Alí Jameneí (abatido el pasado 28 de febrero) como nuevo Líder Supremo supuso una nueva escalada del conflicto bajo los ennegrecidos y ácidos cielos de Teherán. Frente a la exigencia de Donald Trump de rendición incondicional de la República Islámica, el mensaje de los ayatolás es claro: el régimen no se dejará doblegar, ni aceptará un tutelaje del que denominan “el Gran Satán”, semejante al de Delcy Rodríguez en Venezuela. Están dispuestos a aguantar frente a presiones políticas y bombas, aunque éstas ya estén cayendo sobre desaladoras, depósitos de combustible, centrales eléctricas y refinerías.

El comité de 88 clérigos, al grito de “Alá es grande”, ha decidido seguir sólo parcialmente los deseos del malogrado Alí Jameneí. El antiguo Líder Supremo dejó dicho que el siguiente “guía de la revolución” debía ser “el más odiado por su enemigo”. Pues bien, la elección de Sayyid Mojtabá Jameneí cumple el requisito. Sin embargo, Alí no consideraba apropiado que su hijo fuese su sucesor, puesto que este rasgo dinástico asemejaría su república islámica a las monárquicas árabes; algo que detestaba. Pero la rancia Asamblea de Expertos, no tuvo en cuenta este segundo criterio, pese a que sí había otras opciones.

Una de las más claras era Hassan Jomeini, nieto del ayatolá Ruhollah Jomeini, que gobernó de 1979 a 1989. Reformista, favorable a la apertura social, y crítico con el régimen cuando la muerte bajo custodia policial de Mahsa Amini en 2022, parecía el candidato más adecuado para llegar a un acuerdo con Occidente. O Alireza Arafí, vicepresidente segundo de la Asamblea de Expertos, miembro del triunvirato que ha dirigido Irán estos días, y al que pertenecían también el presidente Masoud Pezeshkian y el jefe de Justica Gholam-Hossein Mohseni (y, de algún modo también, incluso Alí Larijaní, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional). Arafí es formador de clérigos y próximo a la Guardia Revolucionaria, al igual que Mohammad-Mehdi Mirbagheri, la otra opción de la baraja; un clérigo incluso más radical que Jameneí y entusiasta del programa nuclear iraní.

Sin embargo, el elegido como nuevo Líder fue un millonario, clérigo de rango medio, y sin experiencia (algo contrario a la Ley), de 56 años de edad, que acaba de perder a su padre, a su madre, a su mujer y a una hija, con lo que el odio a EE.UU. estaba garantizado (mientras el Mossad y la CIA se lo permitiese). Nacido en Mashhad, una de las ciudades sagradas del chiismo, sólo su cargo como guardián de la puerta de Beit-e Rahbari (la Oficina del Líder Supremo) y su cercanía al poder económico y militar de la Guardia Revolucionaria (en la que se alistó con 17 años y participó en la guerra contra Irak) avalaron su elección.

A los desesperados opositores, de momento, tan sólo les queda gritar su dolor y su disgusto desde el resguardo de sus ventanas. Y el príncipe heredero de Irán, Reza Pahlaví, hijo mayor del último Sah de Persia y la emperatriz Farah, tendrá que seguir esperando su oportunidad. Entretanto, la idea de “martirio” se seguirá forjando entre los clérigos. Su resiliencia quedó demostrada en los ocho años de guerra con Irak, en la que murieron más de 600.000 iraníes. No sabemos si Mojtabá Jameneí está vivo, en coma, herido, mutilado o desfigurado. Pero sí conocemos su mensaje: “venganza”, “no retroceder”, “estrangular al mundo cerrando el estrecho de Ormuz”, promover la “amistad con sus aliados”, y apelar a la “valentía” de Guardia Revolucionaria y de todos aquellos que contribuyan en el mundo a la “resistencia” de Irán. Todo un desafío.

Tracking Pixel Contents