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Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE

Profesor titular de Universidad

Sólo corre gasolina por la sangre del mundo

Sólo hay gasolina para los imperios en la sangre del mundo, amor. Sólo hay petróleo alimentando nuestro corazón. El mundo verde, el sueño del bosque, la luz del cielo, todo se ha perdido, todo es ya una lluvia oleosa, somos seres terminales bajo una tormenta de petróleo. Nuestro mundo distópico es una ducha de combustible fósil precipitándose sobre las cúpulas doradas y los rascacielos que prometían grandeza. Nuestro mundo es un paisaje de cascotes grises y fuego, petróleo ardiendo en las cunetas, refinerías atacadas que recuerdan paisajes de ciencia ficción, construcciones lunares, laberintos.

Qué triste, este año del futuro. Ved a los nuevos líderes, alimentados absurdamente gracias a las ubres ubérrimas de las democracias, arrogándose la libertad del mundo, porque en el fuego del petróleo, que creen purificador como una hoguera, envuelven el fin de dictaduras, o eso explican, sin considerar la muerte de la gente inocente. Porque la guerra se lleva siempre toda la inocencia. Jóvenes matándose para satisfacer la venganza de los viejos. Un escenario dantesco, cada mañana y cada noche, en los noticiarios.

Quisimos un mundo verde, pero llegaron los líderes del trueno para reivindicar la gloria bituminosa, esa sustancia pegajosa que los alimenta y los enriquece, que corre por la masa de su sangre, esa sustancia bajo los pulcros zapatos Oxford. Asistimos a un final de aceite y petroquímicos cayendo sobre la piel del planeta, un aire pringoso de Mad Max, una atmósfera postapocalíptica que necesariamente pasa por ciudades de cristal y acero, y por torres de viejos castillos, que llueve sobre engordadas cúpulas doradas, y, al alzar la vista, contemplamos el vuelo olímpico de los misiles, brillando como estrellas del mal, rasgando el terciopelo azul mediterráneo.

Sangre y petróleo: he aquí la definición de este apretado final, del último baile del pasado, de la pesadilla fósil. Venezuela era petróleo, nos dijeron, quizás más que sueños de libertad, y luego vino Cuba, que ya se dirige, sin remedio, a solicitar el alimento del combustible al amo del imperio, que prometió su caída en apenas semanas. El petróleo es nuestra dependencia, el agua potable quedará para otra ocasión. El petróleo mueve nuestro corazón de hierro. Corre por nuestra sangre. El petróleo, gran arma del apocalipsis. El petróleo, lluvia en la guerra. La última maldición del mundo industrial.

Ya no son las inexistentes armas de destrucción masiva, como aquella desgraciada foto, sino la dosis de gasolina que necesitamos para ir tirando. La dosis. La transfusión de gasolina de un mundo que agoniza. Los últimos rescoldos arden en las tuberías incendiadas, en esa esquizofrenia de las construcciones industriales donde se dirime ahora el poder del planeta. Quizás Trump se perfuma con la fragancia oleosa que marca su poder. Fue Venezuela primero, con su vientre de petróleo, ahora Cuba, como quien ya no tiene acceso a la máquina de respirar, y, en Irán, más que sobre el uranio, todo tiene que ver también con el petróleo. Ormuz, la garganta estratégica por la que necesita pasar el líquido viscoso que nutre a occidente, se ha convertido en un lugar para el atragantamiento. Irán ha comprendido que el petróleo es el arma, todos la usan, y ellos no van a ser menos. Y Trump permite que vuelva a correr el combustible ruso, mientras contempla el caos.

Ya no se pregunta por los muertos, ni por la destrucción, sino por los precios en el surtidor. Somos sangre y petróleo, este es el paisaje de la traca final.

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