Opinión | El Trasluz
Reparaciones imaginarias

Reparaciones imaginarias. / Shutterstock
Cuando era pequeño, la proximidad de mi cumpleaños iba acompañada de una plegaria extraña: que mi familia se olvidara (lo que tampoco era difícil: mis padres tenían nueve hijos). No se trataba, pienso ahora, de un deseo ingenuo. Contenía una ingeniería emocional un poco diabólica. El olvido ajeno me permitiría habitar una desgracia reconocible, casi cómoda, y además me concedería un crédito moral para el reproche posterior. El dolor anticipado ya contenía su compensación. La herida, antes de existir, traía consigo la cura. Con los años he entendido que aquella plegaria no buscaba tanto el placer masoquista del olvido (aunque también) como la comprensión de la importancia del recuerdo. Quería verificar que el afecto, para existir, necesita ser demostrado. El cumpleaños, con la liturgia mínima de aquella época - una vela, un modestísimo regalo, un “felicidades”, un beso-, era el experimento perfecto: si nadie se acordaba, fallaba algo esencial, había en realidad una grieta gracias a la cual (eso también es cierto) yo ganaba un relato. Ser desgraciado por una causa concreta ofrecía una forma de identidad.
Hay en esto una pedagogía del agravio que no se aprende en los libros. Aprendemos pronto que el olvido, cuando se hace visible, legitima la queja. Quizá por eso seguimos atentos a las fechas: aniversarios, conmemoraciones, efemérides: por la tranquilidad que da saber que alguien, en algún lugar, está marcando el calendario por nosotros.
Hoy, en un mundo saturado de recordatorios automáticos, el olvido ha cambiado de naturaleza. Las plataformas avisan de cumpleaños antes de que los amigos los recuerden; los sistemas programan condolencias, celebraciones y minutos de silencio. La memoria se ha externalizado. Ya no nos olvidamos: delegamos. Y, sin embargo, el vacío persiste. Porque lo que duele no es que se olvide la fecha, sino que nadie la sostenga con una presencia real, no impostada ni notificada ante notario. Quizá crecer consista en renunciar a esa plegaria. Aceptar que el reconocimiento, incluso cuando es merecido, no siempre llega. Y que el reproche, aunque tentador, no repara. Aun así, seguimos rezando en silencio, cada año, esperando que el olvido ajeno nos conceda, una vez más, la certeza de existir.
Fuente: La Nueva España
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