Opinión | GLOBAL-MENTE
Donald Trump llama a filas
Por una vez los europeos han dicho no a Donald Trump. Y no es de extrañar ya que el presidente de EEUU les pedía ni más ni menos que enviaran sus fragatas al golfo Pérsico para reabrir el estrecho de Ormuz, cerrado de facto por los drones iraníes. Un no rotundo a pesar amenazar Trump con un futuro «muy malo» de la OTAN si los aliados europeos no «colaboraran en la reapertura y seguridad» de la vía marítima. Alemania, firme apoyo de la cruzada expansionista de Netanyahu en Gaza y Cisjordania y hasta ahora muy indulgente con la guerra contra Irán, fue tajante al decir su ministro de Defensa, Boris Pistorius, «esta no es nuestra guerra, no la hemos empezado» y preguntarse, no sin ironía, ¿qué podrían resolver un puñado de fragatas que no pueda hacer la poderosa armada de EEUU en Ormuz?
Frente al triunfalismo de la Casa Blanca, Irán ha dado con el talón de Aquiles de la ofensiva estadounidense: las 21 millas marinas que mide de ancho el estrecho por donde pasa el 20% del crudo y gas mundial. Convertido en ratonera, ningún Gobierno europeo se arriesgaría a enviar allí a sus marinos y recibir de vuelta los féretros para una misión condenada al fracaso y por encima ilegal.
Sólo tres países europeos, España y Eslovenia, dentro de la UE, y Noruega, han condenado esta guerra por ilegal, pero todos admitieron a regañadientes que es contraria a la ley internacional y a la Carta de Naciones Unidas. Ahora, pasadas más de dos semanas de su inicio, Europa ya sufre sus secuelas.
La más obvia: la subida meteórica del barril de petróleo, que va a castigar su economía y azuzar el malestar de sus ciudadanos. A estas alturas ya sabemos que el barril no va a bajar pronto, al contrario el mercado ya asumió que no volverá a los 80 dólares el barril hasta enero de 2027, según informa Financial Times.
El otro efecto, imprevisto, es que beneficia a Rusia, a la que la UE ve como una amenaza para la paz en Europa. Efecto perverso de una guerra que está más cerca de Europa de lo que la geografía podría presuponer. El Gobierno de EEUU ha levantado hasta el próximo 11 de abril las sanciones contra el petróleo varado ruso, son entre 100 y 150 millones de barriles que ya se hallaban antes del 12 de marzo en petroleros en alta mar. Con esta medida EEUU pretende aliviar la subida del petróleo, algo que se le ha ido de las manos pero que es un maná para Putin y la financiación de su guerra contra Ucrania.
En definitiva, Europa se ve de nuevo presa de las energías fósiles que tantos disgustos le han costado desde los choques petroleros de los años 70. La guerra de Ucrania y la dependencia energética de Rusia impulsaron las renovables, pero la presión de la industria y el populismo dieron un frenazo al Pacto Verde de la UE. Su medida más icónica fue sacrificada a la flexibilidad y al pragmatismo. En diciembre pasado, Ursula Von der Leyen cedió ante Alemania e Italia para descafeinar la veda a los motores de combustión en 2035: solo el 66% de los vehículos vendidos serán totalmente eléctricos y no el 100%. Y sin embargo, en 2025 la venta de vehículos eléctricos ya superó a los de combustión en la UE, y sigue subiendo. Von der Leyen dijo en su criticado discurso del 9 de marzo, refiriéndose al orden internacional, «hay que ver el mundo como realmente es hoy». Parece que los consumidores europeos también ven la realidad del mundo de hoy: el precio del crudo es un arma de guerra.
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