Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE
Con David Uclés, en busca de esa luz
Con el ajetreo del éxito, Uclés se ha hecho más intangible. Recuerdo la larga entrevista, aquella, en el Casino de Santiago, hora y media desgranando la península, Iberia, ya saben, su libro anterior, cuando aún todo empezaba.
El vientre del Casino rezumaba aquel mediodía silencio y soledad. Una ballena del intelecto y la música, en la que habitábamos, sin que David Uclés intuyera, o quizás sí, la que se le venía encima. Hoy, mañana de martes, 2026, casi primavera, me tengo que conformar con una llamada telefónica al flamante escritor (sí, escritor en llamas, arbusto ígneo en la cumbre de Montjuic), quien, sin embargo, musita un “¿Miguel?” al otro lado de la línea, como navegando entre las sábanas. “Es que me acabado de levantar”, dice.
Uclés ganó el Nadal y se originó un raro huracán. También cuando dijo no a Pérez-Reverte y eso. Se ha recorrido la península más que cualquier ciclista de la Vuelta a España. Reinventó una especie de realismo mágico de nueva planta, pero a mi eso me importa menos. Le dije: “¿es realismo mágico?”, y no supo decir exactamente. En la distancia, contemplé estos meses de gloria y batalla a Uclés, aceitunero altivo, como un san Sebastián asaeteado, componiendo una figura tenebrista entre las llamas del sistema literario. Pero tiene la vieja resistencia de los campesinos jiennenses. Aquí escribí sobre la ira que, al parecer, desataba su atuendo y sus boinas, su aire retro, o hípster, o lo que fuera. No hago yo crítica desde la guardarropía. Escritores de figura y palmito, podemos nombrar los que quieran: pero ¿hay algo malo en ello?
“¿Miguel?”, dice. Sale de la boca de la noche. Su libro, ‘La ciudad de las luces muertas’ (Destino), va de una Barcelona sumida en la oscuridad, atrapada en la noche de los tiempos, con Carmen Laforet en el papel de sereno o de guía en el laberinto de las sombras. Barcelona apagada, por la magia rara, por el deseo de la eternidad. Y ahí, se convoca a todos los nombres insignes, a los ciudadanos del arrabal, y los edificios surgen del subsuelo, se alzan olímpicamente, y se mezclan las épocas y el tiempo, las edades de los hombres y de las mujeres, y Picasso, Cortázar, Zafón, Gaudí, Monserdá, Matute, Rodoreda, Monserrat Roig, Dalí o Simone Weil, entre otros muchos, se cruzan en el caos de la oscuridad, y la historia se retuerce y se solapa, y los cimientos se mueven, y la ciudad sangra por las aceras, y unos edificios ocupan el lugar de otros, con gran violencia y estruendo.
Barcelona es en realidad una ciudad en perpetuo movimiento, con substratos cambiantes que afloran o se bajan al hades, un castillo de naipes en glorioso equilibrio y, ah, un agujero negro, le digo, y le gusta la idea, que se hace denso, denso, denso, preñado de tiempo. “Esta novela ocurre en todas las épocas”. Le digo: “habrás pensado, con cierta angustia: ¿así que esto era la fama?” Me dice: “sí, pero te vas curtiendo poco a poco. Me he desencantado mucho con cierta prensa, te lo digo, Miguel. Ya no voy tan naif a las entrevistas. Ahora voy con pies de plomo. Voy muy alerta a un ejercicio como una conversación con alguien, que debería ser bonito. Pero no. Con cuidado. Demasiadas zancadillas, aunque ya me habían avisado”, dice. Y, por eso, explica que va a desaparecer por un tiempo. “Si, me voy. Bueno, ya me fui otras veces. Será como desprenderse de muchas sombras. Ahora me voy tres meses a Venecia. Y luego año y medio a Praga. Siempre he escrito muy bien en el extranjero. Para escribir, hace falta vivir. Me he mudado unas cuarenta veces. Necesito esa paz. Hay que alejarse del ruido para escribir”.
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