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Opinión | Políticas de Babel

Profesor universitario

En Cuba ya queda menos

La sociedad cubana se debate entre el hastío, la desesperación y el escepticismo. El país vive otros quince días de protestas y caceroladas, incluido el ataque hace una semana a la sede del Partido Comunista Cubano en la ciudad de Morón, en la provincia de Ciego de Ávila. Por las noches, y entre apagones generales como el vivido estos días (y ya van seis), los gritos se repiten en las principales plazas de la Isla caribeña. A las proclamas de “abajo la dictadura”, “patria y vida”, “corriente y comida”, y “libertad para Cuba”, se añaden ya incluso insultos al presidente Miguel Díaz-Canel: “singao”, “malvado”, etc.

Entretanto, el régimen pone sus barbas en remojo después de lo acontecido con Maduro en Venezuela. Y ya se observa hasta tensión entre los ‘fidelistas’ (fidelismo) y los ‘raulistas’ (raulismo); es decir, entre los que siguen proclamando el antiimperialismo y culpando a EE.UU. de cuanto está a padecer la Isla, y quienes reconocen la necesidad de una negociación más realista y pragmática con ese Trump 2.0 que acabó con la retórica conciliadora de Barack Obama y con el buenismo de un Joe Biden que incluso sacó al final de su mandato a Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo.

El presidente Miguel Díaz-Canel se ve contra las cuerdas, y se ofrece a buscar un “espacio de entendimiento” entre La Habana y Washington; eso sí, pidiendo “respeto a los sistemas políticos”. Es obvio que, cuando habla de esa “reciprocidad”, de “buscar soluciones”, y de “alejar la confrontación”, lo que busca es asegurar su régimen autoritario y mantenerse en el poder. Pero le resultará difícil, pues todo el sistema legal estadounidense (incluida la Fiscalía) ha puesto sus ojos sobre él, y sobre los despropósitos y las ilegalidades cometidas por su opresor y tiránico Gobierno.

Ni las negociaciones del general Alejandro Castro Espín (hijo de Raúl y sobrino de Fidel) en la Embajada de EE.UU. en Ciudad de México, ni ahora las de Raúl Guillermo Rodríguez Castro "El Cangrejo” (nieto, ojo derecho y guardaespaldas de Raúl Castro) desde La Habana, parecen ir por buen camino. Tampoco los esfuerzos de Óscar Pérez-Oliva Fraga (sobrino-nieto de Fidel y Raúl), viceprimer ministro y titular de Comercio Exterior e Inversión Extranjera, parece que logren el fin deseado. Todo aparenta quedar en el entorno castrista; y, desde ahí, cualquier diálogo semeja inútil; al menos para el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, verdadero impulsor del cambio en Cuba. Y es que ¿quién va a confiar en una Constitución reformada en 2019 que, aun permitiendo la inversión extranjera (ya desde 2014), sigue sin infundir seguridad jurídica alguna, y permite incluso al Estado intervenir, expropiar y encarcelar bajo una mera acusación de intento de “enriquecimiento ilícito”, o so pretexto de una “justa redistribución de la riqueza”?

Queda claro que la transición política es la única opción. Por eso la oposición debe saber armarse y reforzar los vínculos entre la disidencia interior y la diáspora exterior. Un gran paso ha sido el denominado “Acuerdo de Liberación”, firmado por las principales organizaciones anticastristas el pasado 2 de marzo en la emblemática ermita de la Caridad de Miami. Constituye “un plan integral de liberación, estabilización, reconstrucción y democratización”. Hay esperanza para Cuba, pues; y también capacidad de liderazgo por parte de al menos una docena de personajes capaces de liderar la transición en Cuba y devolverle al país el prestigio de la que en su momento fue, con todos los honores políticos y económicos, “la perla del Caribe”. Ya queda menos.

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