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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

Ante el horror de la guerra

No sé si el PSOE es el partido que más se parece a España (la juventud, dicen, está en otra cosa, pero no quiero creerme que está poseída por una ola neofascista, porque entonces tendríamos que hacérnoslo mirar). ¿Qué hemos hecho mientras construíamos la democracia? ¿Y qué hemos dejado de hacer?

No, no sé si sigue siendo el partido que más se parece a España, pero, en el asunto de la guerra, no tengo dudas de que es así. Por eso no entiendo que algunos insistan en pasar por esta agresión tan de puntillas. No digo ya Rutte, acariciador oficial del lomo de Trump, ni siquiera la meliflua Europa de Von der Leyen. No: digo aquí mismo. El ‘no a la guerra’ puede que dé votos (debería ser así, lógicamente), pero, sobre todo, da dignidad. No entiendo dónde está el problema, la verdad. No entiendo esa necesidad permanente de ser comprensivos con Trump (¿dijo Rutte que estaba liberando al mundo, o algo semejante? Aunque así fuera: ¡a qué precio!). No entiendo esa política de ir pisando huevos en el campo internacional, por si se rompe alguno. Es un andar un tanto servil, que nos delata demasiado. Y así le luce a Europa.

Se dijo ‘no a la guerra’ cuando el fiasco de Iraq y la fotografía de autos que nos retrataba. Se dijo entonces y, por qué no, se dice ahora. Es lo que piensa, además, la mayoría de los españoles, de largo, y, si no, pregunten en la calle. No logro comprender que pese más el interés norteamericano, o la afinidad ideológica, si es que este es el caso, que una decisión puramente moral y absolutamente razonable, como es estar en contra de una guerra. No hay equilibrios posibles, no hay equidistancias tolerables en instantes así. Puede que un ‘no a la guerra’ dé votos, y no sólo a Sánchez, pues es algo que comparten con claridad otras muchas formaciones, al menos en ese mismo espectro político. Lo extraño, lo preocupante, es que no los diera. Y lo extraño es que algunos renuncien, por lo que sea, a estar en el lugar de la posición mayoritaria. Si me dijeran que España apoya la guerra, o que la comprende, o que encuentra en ella un motivo de honor, una necesidad ante un supuesto peligro inminente, me horrorizaría. Toda esa filfa de la épica furiosa es un material conocido. Y estas empresas suelen acabar muy mal.

Un artículo publicado ayer por el ‘New York Times’, escrito por un veterano de marines que participó en la guerra de Iraq, Phil Klay, abundaba en el mal cálculo de Trump, ya fuera propio o inducido por otros. Esta guerra es sobre todo la guerra contra los pobres y los desfavorecidos. Como todas. No es la guerra contra los líderes iraníes y el descabezamiento de su poder, aunque sea necesario presentar sus cabezas, quizás para justificar tanto derroche de furia y de fuego. El Golfo arde mientras miramos el precio de la gasolina: más que las listas de cadáveres. Desde la pulcritud de occidente, todo tiene aspecto de un cruel videojuego. Diría que algunos se ven en un videojuego.

Klay, que sabe de lo que habla, define esta guerra como una gran confusión. Desde su comienzo. Klay se pregunta si esto va de derrocar al régimen de los ayatolás, de acabar con la capacidad de respuesta de Irán, de contribuir a la expansión y al dominio definitivo de Israel en la región, o de mostrar que Estados Unidos, como repite Trump, dispone de una fuerza militar descomunal, hasta el punto de afear a sus aliados que no se sumen a su aventurerismo militar (como lo llama Klay). “Queremos una rendición incondicional, pero tal vez eso es algo que sólo sucede en la mente del presidente”, explica. “Me he dado cuenta”, dice Klay, “de que, de manera consistente, existe una razón tras la guerra: ese placer de la administración a la hora de mostrar su capacidad de ejercer violencia y dominación”. “El mundo se rige por la fuerza”, había dicho Stephen Miller sin despeinarse. Y no se renombró Ministerio de la Guerra al Ministerio de Defensa por casualidad. No es Trump o el caos. Es Trump y el caos. Valga la redundancia.

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