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Opinión | Global-mente

Periodista

Londres, «ville-monde»

«Sé que muchos de vosotros habéis hecho un viaje difícil para llegar hasta aquí», así con empatía se dirigió Sheila Suso-Runge, la concejal del distrito londinense de Hackney, a quienes estaban a punto de naturalizarse británicos, entre ellos mis amigos. En la solemnidad del salón de plenos del «Town Hall», la representante del secretario de Estado dio a la ceremonia un toque personal al decirles a sus nuevos conciudadanos que ella también había llegado a Reino Unido, de niña con sus padres, después de la Segunda Guerra Mundial.

Solo en 2025 se celebraron 183.977 ceremonias de naturalización en Reino Unido, el doble que en 2020. La mayoría de los nuevos británicos son originarios de la India, Pakistán y Nigeria, Commonwealth obliga. Los europeos son minoría. Pero eso no importa, lo que determina que una ciudad alcance la categoría de «ville-monde» es, entre otros criterios, su diversidad y potencia demográfica. Y en eso Londres es imbatible: el 37% de sus habitantes nacieron en el extranjero, según datos del Gobierno, y en las calles de sus barrios se oye hablar 300 idiomas.

«Ville-monde», un término acuñado por el historiador francés Fernand Braudel para caracterizar ciudades que eran centros económicos y comerciales globales, como fueron Venecia o Amberes. El concepto fue actualizado por los sociólogos en la era de la globalización y Londres encaja perfectamente, es la ciudad-mundo por excelencia impulsada por sus infraestructuras; su poderío financiero y de negocios y su conectividad total.

Llegué al centro de la ciudad por la Elizabeth Line, el tren suburbano de gran capacidad que, en nada, te trae confortablemente desde el aeropuerto de Heathrow. Cada año transporta a 200 millones de pasajeros que pueden conectar directamente con la extensa red del London Underground, el famoso Tube. Es el metro más antiguo del mundo (1863) y en constante evolución. Auténtico sistema nervioso de la gran metrópolis, permite a sus usuarios ganar tiempo por el pago sin contacto y seguir conectados bajo tierra; su moderno sistema de señalización aumenta la frecuencia de los trenes y reduce a 2 minutos el tiempo de espera en el andén. Una revolución y un plus de competitividad.

Continué viaje por la District Line, la más larga con 64 km, hasta Upton Park, en el barrio de Newham. Allí viven 380.000 personas, una población joven y étnicamente diversa; con un incremento anual del 2% es uno de los motores del crecimiento demográfico de Londres. El peligro de gentrificación, de expulsar a los vecinos con nuevos residentes atraídos por la renovación urbana, está presente en las políticas municipales de vivienda y escuelas. Para evitarla, el ayuntamiento de Newham reserva el 50% de las nuevas construcciones a «affordable housing» (vivienda asequible) y puede presumir de la clasificación «oustanding» (sobresaliente) de sus escuelas, certificada por Ofsted, la inspección de educación del Gobierno.

Londres es también urbe de árboles y parques, en cada rincón hay una zona verde con hierba que se llena de chavales los domingos por la mañana para jugar y hacer deporte. Sus barrios 15’ tienen por meta que a menos de 15 minutos a pie desde casa haya un parque, un centro de salud y una escuela. Moverme más allá de su apabullante zona monumental, me descubrió ese otro Londres, la vibrante ciudad-mundo por antonomasia.

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