Opinión | On/off
Los gobiernos en minoría y la ética política
Entre los sinónimos de ética me quedo con la honestidad. No es un concepto fácil de objetivar. Está ligado a la costumbre y ésta acostumbra, valga la redundancia, a variar con el paso del tiempo. En el campo de la política es todavía más difícil de fijar. La historia reciente es pródiga en ejemplos que cínicamente se justifican con aquello de que rectificar es cosa de sabios o con hacer de la necesidad virtud. Esta conducta, o sea, la falta de ética, se agrava cuando al frente de las instituciones se instalan gobiernos en minoría sin importarles al apoyo posterior de quienes les auparon al poder.
Gobernar con mayorías amplias, en coalición o en minoría sin el apoyo suficiente a un programa de gobierno son situaciones legítimas, acordes a la ley, pero en este último caso en colisión con la ética. Fue el caso del Gobierno central en lo que llevamos de legislatura. Y en un plano más próximo se produce también en el pazo de Raxoi con el gobierno municipal de Santiago en el asunto de los presupuestos municipales.
Los gobiernos multipartito son frecuentes en Europa. En mayor medida, incluso, en aquellos países más avanzados (Alemania, Países Bajos, Bélgica y ahora de nuevo Dinamarca, entre otros), pero a diferencia de España y Santiago, son validados por sus respectivos parlamentos tras una laboriosa negociación sobre un programa concreto, de obligado cumplimiento durante todo el mandato, en los que es frecuente la participación o aquiescencia de organizaciones de muy diferente ideología. Se diría que anteponen los intereses generales a los personales o de partido.
Aquí, en Compostela, se actúa a la inversa. Tras las elecciones y conformar la Corporación el primer y gran objetivo fue hacerse con el bastón de mando. Todo el mundo era consciente de que el programa de gobierno presentado por la candidata era lo de menos. Un requisito formal para salir del paso, una condición exigible pero no vinculante. Podía haber anunciado la reclasificación urbanística de la Alameda para construir bloques de viviendas como en Peleteiro que los socialistas le hubieran votado igualmente. El objetivo principal del PSOE compostelano, en consonancia con la estrategia de Ferraz y Moncloa, era impedir a toda costa que gobernara el PP, aunque este partido casi doblara en votos y concejales al BNG.
La negativa de los seis socialistas de Raxoi -hemos de respetar esta consideración hacia los cuatro expulsados, pues así continúan definiéndose- a dar su apoyo al proyecto de presupuestos del bipartito de anteayer, resulta que para los cuatro no adscritos son válidos, sorprendentemente, 24 horas después, ayer. Difícil de entender la contorsión, salvo que se trate de llevar la contraria a sus antiguos compañeros.
Ni fue honesto dar el voto para investir alcaldesa en su día y desentenderse de participar en su gobierno como tampoco lo fue ahora rechazar unos presupuestos a sabiendas de que al día siguiente, o dentro de un mes, iban a votar lo contrario. Y de igual manera que tan responsable es el que da como el que acepta un soborno, el BNG debiera haber forzado en su día la incorporación a su gobierno a los socialistas, ahora no era razonable tratar por todos los medios de sacar adelante un proyecto en contra de la mayoría de la Corporación. Por muy normal que fuere no casa con la ética política.
La expulsión de concejales en el grupo Socialista vino a agravar el pecado original de hace tres años. Las dificultades para gobernar, ya de por sí muy elevadas por la falta de apoyos firmes en las cuestiones relevantes, se fueron incrementando con el paso del tiempo. Las noticias que hoy más destacan en Santiago son negativas. Y muy preocupantes. Incremento de la inseguridad, venta de drogas, imposibilidad de encontrar vivienda, transporte público, ciclo del agua, limpieza viaria, caída del turismo, incertidumbre sobre el futuro del aeropuerto y anuncios de iniciativas sin tan siquiera primera piedra y cuya materialización no se produce nunca acaparan la actualidad. Más ética, menos estética.
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