Opinión | Buenos días y buena suerte
‘Ultreia’: Crónicas de Narla
El otro día me encontré con mi buen amigo Francisco Narla en los tejados de la catedral de Compostela. Estábamos con él allí, periodistas, críticos, prescriptores de la cosa libresca (cómo suena eso), amantes de la Historia. Subí hace unos treinta años a esos tejados para hacer un reportaje de prensa, cuando casi nadie subía aún. Esos voladizos que se parecen a una nave Enterprise flotando sobre el mapa de la ciudad. Un avión de granito, más que una barca de piedra. Supe que era bueno tener un piloto a los mandos: Narla lo es. Lleva tiempo surcando los cielos. Me dijo que allá arriba, cuando conduce la nave, se le ocurren novelas. En los días en los que escribió ‘Assur’ le encantaba ver desde lo alto el reborde ártico, donde nace la cenefa de los hielos.
Sobre los tejados de la catedral compostelana, Narla parece un profeta. Pero no habla del futuro, sino del pasado. Alza sus manos, divide el cielo como quien imparte una bendición, sobre un fondo de nubes grises que parece pensado por un estudio fotográfico. De la construcción de esta catedral maravillosa habla en ‘Ultreia’ (Planeta, bajo el sello ‘Istoria’). Estamos en 1117. O allá viajamos, a lomos de esta Enterprise granítica que planea sobre Compostela divinamente. Volamos sobre el tiempo y sobre la ciudad de los enigmas. Y sobre los callejones de los milagros. Por entonces, en los años de la novela, siglo XII, estaba naciendo el Camino de Santiago, ese que, según palabras de Goethe, construyó Europa a través de las peregrinaciones. El espinazo de Europa. El aviador Narla vuela desde los tejados, es el profeta que rescata las voces de los ábsides, también los susurros del Pórtico de la Gloria, que acabamos de visitar. La delicada joya, resucitada en carne viva.
Narla es un amante de la naturaleza. Las abejas, los perros. Tiene alma de apicultor. También vuela con los pájaros. La protagonista de ‘Ultreia’, una niña desharrapada, Ilduara, hija del dolor y la injusticia, es un pájaro que revolotea sobre los andamios de una catedral en construcción. Anida entre las vigas, se juega la vida a cada paso, conoce las entrañas de la ciudad. Narla desciende a los personajes de una sociedad que pasa de la atmósfera rural a ser un centro del espíritu, una sociedad en ebullición, a la que ronda la tragedia. Mientras, el gran poder de Gelmírez se va amasando entre los muros. Mientras, crece Compostela como eje estratégico, poder religioso y financiero, sobre la que se proyecta la ambición de un personaje complejo.
Narla explica que la catedral se convirtió en el núcleo de todo. Un eje que pretendía ser espiritual, pero sobre el que se construía también una realidad fieramente terrenal. La ciudad reventaba por sus costuras, el comercio aumentaba, la devoción lejana intentaba ganar las puertas de la muralla, antes de que, pasado el tiempo, el Camino cayese en el abandono y el olvido, para revitalizarse en los tiempos modernos. Aquello iba a ser la médula de Europa. Pero, antes, Gelmírez. Toda novela necesita un villano, y aquí Gelmírez lo es, aunque también un gran estratega, un arquitecto de la política que es capaz de caminar con calzados caros entre los muros derribados de la construcción, anunciando que, en casos así, Dios sabe separar el trigo de la cizaña. Narla dibuja su ambición. Las luchas de poder de Gelmírez frente a la burguesía creciente, el Concejo urbano, y, por supuesto el poder de Urraca, primera reina de Europa. “El templo era una declaración política”, escucho.
‘Ultreia’ es el comienzo de una trilogía que se completará en apenas unos meses. También ha sido publicada en lengua gallega por Aira. Aquí, en ‘Ultreia’, la ciudad medieval arde, se revuelca en la violencia y la miseria. Mientras Gelmírez se alza como Señor de Santiago, manipula con pocos escrúpulos. Gelmírez, inagotable e insaciable, también se inventa que el Códice Calixtino fue sancionado por el papa…, y mil cosas más, explica Narla. Gelmírez bracea en busca de poder y recursos. Y, en 1117, tiene que huir disfrazado de fraile para evitar ser linchado, con la ciudad levantada en armas. Para saber mucho más, basta con adentrase en las crónicas de Narla
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