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Opinión | Políticas de Babel

Profesor universitario

Los órdagos de Trump a Irán

Donald Trump sigue enviando órdagos arriesgados al régimen iraní. Primero les dio un plazo de cuarenta y ocho horas para que Irán abriese “sin amenazas” el estrecho de Ormuz. De lo contrario, señalaba el domingo pasado el presidente, Estados Unidos “atacaría y aniquilaría” las centrales eléctricas del país persa. Pero los ayatolás, lejos de dejarse amedrantar por el “ultimátum” de Washington, prometieron responder militarmente, arremetiendo a su vez contra las infraestructuras de agua, de comunicación y de energía de toda la región, y sembrando el mar de minas. Después amplió la intimidación hasta ayer viernes. Finalmente, será el 6 de abril el día señalado para fijar posturas.

Es evidente que el neoyorquino está asumiendo riesgos tácticos, logísticos e incluso políticos con el devenir de la guerra en Irán. Y quizá por eso sus hombres fuertes le aconsejaron aplazar el ataque con treguas sucesivas; incluso para ver si se confirma el deseo de diálogo por parte de Irán; unas “conversaciones” que, pese al desmentido del régimen persa, Trump afirma haber iniciado de manera “muy buena y productiva”, incluso a través de terceros países mediadores, Pakistán, Turquía, Egipto y Omán. Pero el continuo descabezamiento de la Guardia Revolucionaria (el último en caer ha sido su jefe naval Alireza Tangsiri), y su modelo Mosaico de Seguridad y Defensa Descentralizada, lo complican todo.

Queda claro, pues, que vivimos un momento decisivo, en el que son muchas las dudas, y muy pocas las respuestas: ¿Está Trump tratando de ganar tiempo? ¿Está pactando el vicepresidente J. D. Vance un alto el fuego con Netanyahu? ¿Aguarda a que sus aliados se animen a apoyarlo en la guerra? ¿Prepara una operación militar final a mayor escala, y más precisa y eficiente? ¿Sintió la presión de los pesos pesados de Wall Street? Le regañaron sus socios de Oriente Medio? ¿O acaso teme que el Congreso no le apruebe los fondos adicionales que ha solicitado? Por no saber, no sabemos ni cuándo rematará un conflicto urdido por Netanyahu y el Mossad, al que Trump se ha dejado arrastrar aun sin disimular su entusiasmo por acabar con el régimen iraní (aliado de Rusia y China), y con el programa nuclear y de misiles balísticos de Teherán. Cuanto entramos en la quinta semana de guerra, la incertidumbre y fuego cruzado continúan; y las declaraciones oficiales contradictorias también. Todo sea por calmar los mercados bursátiles y frenar el auge de los precios, especialmente de la gasolina, el gasoil, el gas y la electricidad.

Entretanto, Irán pone toda la presión en sus vecinos de la otra orilla del Golfo, para que éstos hagan lo propio con Tel Aviv y Washington. Y lo mismo pretenden los ayatolás con Europa, insinuando que sus misiles pueden alcanzar el viejo Continente. Incluso la famosa Cúpula de Hierro israelí, que es efectiva en un 90%, Teherán presume de ser capaz de burlarla, aunque sólo sea puntualmente. Así pues, las bombas y los cohetes se entremezclan con la propaganda y la guerra psicológica; aun reconociendo, eso sí, que el estrecho de Ormuz es ciertamente estratégico, sobre todo para la economía asiática, que se ha frenado en seco (Corea del Sur y Japón han tenido que topar los precios del gas, y el sudeste asiático ya da muestras de estancamiento). Recordemos que por él no sólo transcurre el combustible que hace palpitar el planeta (es decir, el petróleo), sino también minerales como el helio (esencial para fabricar semiconductores y microchips, y desarrollar la Inteligencia Artificial). De ahí que este famoso paso marítimo constituya una prioridad tanto económica como política.

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