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Opinión

Santiago

La Babel peregrina

Dos turistas descansando en la Praza do Obradoiro de un Santiago que ha visto caer en picado las cifras de ocupación hotelera en este 2026.

Dos turistas descansando en la Praza do Obradoiro de un Santiago que ha visto caer en picado las cifras de ocupación hotelera en este 2026. / Jesús Prieto

La primera vez que entra en el Obradoiro lo ciega el sol que se cuela por Arco de Palacio. Sus piernas van tan sueltas que parecen bailar al son de los pasacalles. Pero es la gaita la que ensordece sus oídos. La caja acústica antecede al paraíso de las emociones. Las escaleras le aprietan los tobillos. Las almas que lleva en su memoria se rebelan. Un torbellino de sensaciones toma su cuerpo. Solo siente el corazón. Cada latido es una bomba que resuena en su pecho.

Un portugués que viene de frente por los dominios del río Ulla lo expulsa de estos pensamientos. Ercio tiene 62 años, es hijo de la emigración y se crio en Francia. Sus padres regresaron a Vila Flor (Bragança) tras la “retraîte”. Después de llegar a Santiago por el Camino del Norte, seguirá andando hasta la sepultura de quienes lo alumbraron. Ambos peregrinos van en sentido contrario, un espejismo en realidad. Todos volvemos a la raíz. Un abrazo improvisado los despide.

Fachada principal de la Catedral de Santiago y el lateral del colegio de San Xerome.

Fachada principal de la Catedral de Santiago y el lateral del colegio de San Xerome. / Cedida

Por las ascendentes tierras de Vedra andarines locales disfrutan de un día limpio y oxigenado. Hace tres años delante de la capilla de Santiago, su grupo, que venía de Ponferrada por el Camino de Invierno, grabó un saludo entusiasta para Benita. Aquel sábado todos sabían que su final estaba cerca. Apenas un año aguantó la cruel y devastadora enfermedad tras el diagnóstico de ELA. Sin embargo, aún los acompañaría el día de la Ofrenda en la catedral compostelana, pero en silla de ruedas y sin poder articular palabra. Fue la despedida de una mujer llena de vitalidad y coraje. Ella le confesó tiempo atrás que se iba tranquila y tras haber disfrutado una buena vida.

El caminante se afana en combatir la tristeza y en ser consciente de que puede andar, fatigarse con gusto y disfrutar de los árboles. Las viñas en espaldera colonizan los montes en dirección al Pico Sacro. La prensa habla de la preocupación vecinal por esta viticultura intensiva. Al llegar al cruce que lleva a la cumbre de la Reina Lupa duda de si encararla. En su opinión, debería ser obligatorio subir montaña tan jacobea. El azul inmaculado de los cielos ofrece hoy las mejores vistas. Desde el punto geodésico cualquiera puede volar a puro pulmón. Sin miedo a caer. Y en ese instante ser inmortal.

La primera vez que entra en el Obradoiro siente que sus músculos se esclerotizan. Había empezado a caminar en Saint-Jean-Pied-de-Port en pleno agosto. A las cinco de la tarde, tras subir y subir, se recostó en una piedra y dijo que no podía más. Covadonga, que lo iba esperando unos metros por delante, lo animaba y reanimaba. La escena en las cumbres fronterizas adquirió tintes dramáticos. Estaba derrotado al principio del Camino. Sin embargo, en la plaza del Pórtico de la Gloria, lo que le temblaba era su interior metafísico. Cuerpo y alma fueron uno, un caos jubiloso.

Para ir al cementerio parroquial de Lestedo hay que desviarse medio kilómetro en el crucero. En la parte baja reposan los restos de otro peregrino. En su nicho le deja una rama de helechos, así como una rosa blanca que roba de la corona vecina. Antonio era un tipo alegre, dicharachero y feliz, pero un maldito infarto impidió que completase aquella peregrinación con la que se había entusiasmado. Murió sobre la bici otro sábado a mediodía a los 68 años. Fue un mazazo descomunal.

De vuelta a la senda, el tipo se rehace y deja atrás la pena. Empeñado en celebrar la vida, levanta la mirada y pasa por delante de Villa Irene, una hacienda cuyo portal parece la entrada de un cortijo. Entonces la contrapone a la ermita de Santa Irene, una capilla sencilla enclavada en el paisaje del Camino Francés a muy poca distancia de Santiago. La tercera Irene de su camino es su propia hija, a la que pronto verá y abrazará. ¡Cómo le cuesta aceptar lo que es ley de vida!

Los campos de Marrozos están más que bonitos. Tras cruzar el puente por encima de la vía férrea, el itinerario sube hasta que se pone a la par de los raíles por donde circula el evocador tren tradicional. Los viajes infantiles a O Carballiño a ver a la abuela, en aquellos parsimoniosos convoyes oscuros, eran una gran aventura. La furgoneta de Correos trae algo a las casas de la zona, una mezcla de edificaciones clásicas y de arquitectura nueva. Al frente se divisa el inabarcable lienzo verde donde conviven lo rural y lo urbano. La ciudad del Apóstol está cada vez más cerca.

La primera vez que entra en el Obradoiro, la panorámica y el sudor le nublan los ojos y la mente. Su paso se reduce y se detiene. Por fin avanza y ve el conjunto monumental, bello y armónico. Un escalofrío lo recorre de arriba abajo. El gentío lo aturde. Mira en redondo. Sus cervicales se resienten. La contemplación lo agita. Está a punto de llorar. Intenta gestionar sentimientos encontrados. Es entonces cuando lo sorprende el sollozo en medio de peregrinas y peregrinos de un sinfín de naciones.

La ermita de Santa Lucía, con su fuente y arroyo a la sombra de fresnos, chopos y abedules, invita a sentarse en el encapsulado paraje. Le espera una buena ascensión cubierta de robles y castaños antes de atravesar el Camiño Real de Piñeiro. Allí vive Juventina, que tiene 81 años y cuatro nietos, con la que charla un rato. Justo antes de la fatídica curva de A Grandeira, el caminante encuentra en modo reposo a Otto, natural de los Alpes suizos, y a Sheri, de la República de Sudáfrica. Se conocieron en la Vía de la Plata, que han hecho entera desde Sevilla en seis semanas. Tras las presentaciones, el peregrino les habla del accidente ferroviario del Alvia acaecido el 24 de julio de 2013 en Angrois. El descarrilamiento provocaría ochenta óbitos mientras la plaza del Obradoiro, abarrotada de gente, esperaba gozosa la famosa noche de los Fuegos del Apóstol. Entre el pasmo y el espanto se queda la ocasional pareja tras el relato.

“Nunca nos olvidaremos de los que pagaron con su vida los errores de otros”, reza un cartel pegado en la reja del puente que cruza las vías once años después. El tiempo no lo cura todo. Es difícil o imposible sobreponerse a tamaño dolor inesperado. Karmele venía en aquel tren y Fabio y Patricia y Manuel y…

El hombre busca consuelo en la fatiga y acelera el paso subiendo al Cruceiro do Sar. La calzada lo lleva a la Colegiata y al barrio de su crianza. Recuerda el primer baile con María José en la explanada allá por los setenta. Al enfilar Castrón Douro ve los campos que llamaban de Baladrón, donde tanto jugó al fútbol de chaval, hoy urbanizados en suelo y altura. Por mucho que se empeñe, ya nada es igual. Como antaño, oye el bullicio de los niños tras el murallón de La Inmaculada, colegio que cumple cien años.

Por Patio de Madres el repecho alivia y, antes de cruzar el arco de Mazarelos, se retrata con dos italianos que habían hecho la ruta de los faros. Lo primero que mira es el edificio de su antigua facultad de Filología. Tiempos universitarios: inexcrutables, extraordinarios, infinitos. Siente que llega feliz, aunque su felicidad no está en el llegar. Por las rúas solo deambulan romeros. Los vecinos se esfumaron, ya no quedan en el casco viejo.

El Obradoiro rebosa orientales entre un histerismo alegre y fotográfico. Peregrinos sentados, tumbados, verticales, en grupo, a dúo, solitarios, mayores y jóvenes abarrotan el escenario pétreo con sus bastones, conchas, mochilas, gorras, sombreros… Las lenguas se cruzan, se mezclan, se hablan, se cantan, se gritan. El Obradoiro es una babel peregrina. Pero todos los idiomas expresan aquí y ahora la misma excitación. Es una comunión.

Sin embargo, el santiagués, que acumula dieciocho Compostelas, solo piensa en volver al Camino. Porque su mayor gozo está en andar y compartir la ruta con otros.

La primera vez que entra en el Obradoiro el desconcierto lo aplasta.

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