Opinión | Buenos días y buena suerte
Estar en la Luna (así en la tierra como en el cielo)
Mientras Trump y sus amigos en armas están incendiando el mundo (así titulaba su artículo Meena Kandasamy en el ‘New York Times’ del lunes), la Luna ha vuelto a aparecer en el horizonte. No es nuevo: Elon Musk, ahora milagrosamente más calladito (sus palabras desaforadas salían caras a la empresa, supongo), se ha interesado mucho en la tecnología espacial, ha fabricado sus cohetes y sigue con fruición la carrera hacia Marte. El espacio exterior siempre ha apagado nuestros incendios más terrenales. En tiempos de lucha feroz por el poder planetario, algunos prefieren las gestas estelares.
Si al decir aquello de ‘Hacer grande América otra vez’, el lema de la gorra y, a lo que se ve, el lema de la guerra, Trump se refería más bien a llevarla de nuevo al espacio exterior, nada que objetar. Pueden creer más o menos en nuestra pasada presencia en la Luna (algunos descreen), pero lo que importa es el impacto psicológico, claro, ganar la carrera a China, si ello es posible, el gran competidor del momento, así en la tierra como en el cielo. Se dice que Trump, aunque, como señalan algunos, muestre a veces menos luces que un barco pirata, está ya en la pantalla a la que le empujan sus bros de la tecnología: la Luna, primero. Marte, después. Bien. Hay mucho menos que destruir allí. Y mucho que construir: hasta un resort lunar no haría tanto daño como los que sueña aquí abajo, según esas pueriles imágenes creadas por IA.
No sé si lo de volver a la Luna tiene que ver, como casi todo, con distraer la atención. Bien por la NASA, bien por los científicos: pero creí que a Trump no le interesaba la ciencia demasiado. Si se ha convertido a la causa, estupendo. Aunque sea por negocio. No importa. Aunque sea por épica. Por grandeza. Si quieres ganar unas elecciones, no basta con una sala de baile: menos aún, si bailas de esa guisa. Demostrar que puedes viajar a la Luna y volver, es ya lo mínimo. Incluso, poco me parece. Trump, en su fuero interno, sabe que las guerras terrenales sólo son tristes resabios de nuestra especie antes de que aprendiera a convivir y compartir. Tenemos ese lado animal, claro. No se elimina fácilmente. Quizás no pueda siquiera eliminarse.
La Luna y Marte nos iluminan para el futuro, porque la Tierra está hecha unos zorros. Creceremos ahí fuera, en la rocosa paz del Mar de la Tranquilidad, mientras destruimos nuestra casa y contemplamos el incendio en pantallas gigantes, a la manera de un emperador ahíto de soberbia. ¿No es este el argumento de muchas distopías? Este paisaje Mad Max al que asistimos a diario en los informativos, este paisaje de columnas de humo elevándose sobre el metal de las refinerías, este suelo oleoso en el que prende el fuego, este ir y venir de los misiles, saltando olímpicamente, no pueden superarlo ya ni en Hollywood. Se diría que estamos cumpliendo el guion de no pocas ficciones. Hasta los dramas interestelares, que no faltan en el cine, empiezan a quedarse cortos. Nos señalan la Luna para que no miremos al dedo que aprieta los botones de la destrucción y la ignominia.
Pero, en fin, que viva la Luna. Confío en no tener que salir pitando, con el cariz que van tomando los acontecimientos terrestres: sólo podrían hacerlo los muy millonarios. Nadie podrá decir, eso sí, que no sería un final romántico. Muchos aquí abajo sufren más de lo que lo harían en un planeta inhóspito. Y ahí está Europa, aprobando centros de detención fuera de nuestro espacio Schengen, que sí es una atmósfera protectora, un lugar para respirar. La tecnología será usada antes para hacernos prisioneros que para hacerlos libres. Ya está ocurriendo. Es triste que algunos en Europa se dejen arrastrar por postulados ultra. ¿Hay una leve luz en su derrota en las ciudades francesas? Quién lo sabe. Pero allí debería renacer la razón. ¿Hay una leve luz en la derrota de Meloni en el referéndum para reformar la Constitución? Trump quiere salvarse con la Luna, y su dedo apunta al satélite de plata. Pero parece que estamos en la Luna hace ya mucho tiempo. Lunáticos, no faltan.
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