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Opinión | Firma invitada

Profesor emérito de la USC

Inteligencia artificial y creación científica

La inteligencia artificial, (IA), viene consiguiendo logro tras logro, superando desafíos que años atrás parecían inalcanzables. Ya no nos acordamos cuando un ordenador venció al campeón mundial de ajedrez. Hace poco tiempo me decía un filosofo importante que en la IA había encontrado un interlocutor con el que podía hablar, discutir y discurrir. No solo le podía dar información sino que le podía poner pegas e inconvenientes a su razonamiento, como sintetizarlo y matizarlo. En la investigación se ha propuesto utilizar IA incluyendo robótica para que lean y sinteticen millones de artículos científicos, identifiquen vacíos en el conocimiento, diseñen y ejecuten experimentos, generan y verifiquen hipótesis científicas. El objetivo no es solo que colabore con los investigadores sino que haga descubrimientos por sí misma. Este objetivo hace interrogarse sobre si la ciencia es como creemos una actividad esencialmente humana.

Sin embargo, una constante de la historia de la ciencia es el descubrimiento inesperado que aparece cuando se busca otra cosa. Es una especie de luz que atraviesa una rendija mientras se esta mirando insistentemente hacia otro horizonte. Es algo que aparece sin estar planificado, ni a partir de un método y cálculo previamente hecho. Se necesita solamente la profundidad y mente abierta para tener capacidad de ver lo valioso aunque no fuese lo buscado.

Es lo que sucedió, cuando Fleming se dio cuenta que unos hongos destruían el moho producido por unas bacterias que habían crecido en una placa dejada en el laboratorio. Es también lo que contaba Newton que le sucedió cuando vio caer una manzana de un árbol y asoció su caída a las órbitas de los planetas alrededor del Sol. Es lo que sucedió a Penzias y Wilson cuando estaban preparando una antena a bajas temperaturas para captar una señal y no sabían como eliminar un ruido de fondo. Este, era el fondo de microondas de los fotones producidos cerca del big-bang. Es lo que sucedió, cuando al final del siglo pasado se pensaba que se conocía la naturaleza de toda la materia y energía del Universo. Al medir su expansión apareció la sorpresa que esta era acelerada, con lo que se debía concluir que se desconocía que era cerca del 95%. De conocer casi todo a desconocer casi todo.

Hoy en día, se puede tener la impresión que se ha descubierto casi todo y que queda poco por descubrir. Cuando la dinámica de la investigación nos dice que cuánto más profundizamos y contestamos preguntas acerca de la naturaleza descubriendo su comportamiento, más preguntas surgen. Es como si al conseguir abrir una ventana se nos apareciesen nuevos horizontes.

La IA intenta iluminar toda la realidad, pero esta tiene recovecos donde se refugia la penumbra, la sombra, lo sugerente lo inesperado. Es ahí donde surge la creatividad humana. La física Sonia Contera en su libro: Seis problemas que la ciencia no pode resolver, dice «en la frontera incierta entre la sombra del algoritmo y la mirada humana, sigue latiendo el misterio esencial de la ciencia: que lo mas valioso no siempre se encuentra a veces… nos encuentra a nosotros». Nos es revelado.

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