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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

Trump y el lenguaje tramposo

Me alimento mucho, en cuestiones internacionales, de los artículos del ‘New York Times’ y ‘The Guardian’, donde encuentro opiniones abiertas, democráticas y modernas. He abandonado otros medios, cuya deriva me resulta preocupante. Pero es el lenguaje de Trump (ese inglés esquelético y artificioso, mucho menos abundante que el patrimonio de su dueño) el que de verdad merece un estudio profundo. Hay tesis enteras dedicadas a estudiarlo, a pesar de que, cuando hablamos de Trump y sus acólitos, nos manejamos en el terreno de la simpleza y en la exaltación de la ignorancia.

Precisamente en el ‘New York Times’, Sarah L. Kaufman, experta en cuestiones lingüísticas y en técnicas de escritura, habla de lo que Trump está haciendo con el idioma inglés. La conocida torpeza verbal del presidente no siempre es fruto de la frustración que arrastra: a menudo, está inspirada en la propaganda diseñada para incautos. Por ejemplo, maneja conscientemente los tiempos compuestos, que indican acciones completas o perfectivas, y ya lo hacía antes de la guerra contra Irán. “Hemos ganado”, dice, sin que eso haya ocurrido (hay especialistas en relaciones internacionales que, de hecho, creen que Trump va perdiendo: es algo en desarrollo, ‘work in progress’, pero no pides tanta ayuda para cerrar el estrecho de Ormuz si te crees tan superior, por ejemplo). “Hemos ganado”, dice a quien quiera escucharlo, creando la falsa imagen de algo que ha terminado, y con éxito. Por supuesto, sabemos que no aceptará una derrota. Y si las cosas se complican, como parece, se irá, sin más, dando un portazo y dejándolo todo sembrado de cascotes.

Kaufman cree que los verbos son increíbles, y pueden cambiar nuestra forma de contar el mundo. Sus valores aspectuales son aún más ricos que los puramente verbales, claro está. Kaufman cree que las frases o las cláusulas son, en realidad, extensiones del poder verbal en las estructuras sintácticas. Pero, en fin, no es este el tema de esta columna. No se me vayan, por favor.

Lo que sucede es que Trump, o los que aderezan sus kafkianos discursos, han descubierto que lo importante no es la riqueza léxica (aunque sí selecciona vocablos, como ‘obliterate’: destruir hasta la raíz o los cimientos), sino el uso de verbos dinámicos con valor perfectivo (acción completada o perfecta), que generan una enorme energía lingüística y producen falsos entornos de superioridad. Sus entornos favoritos, reales o no: eso no importa.

Eso es. Trump habla casi siempre como si todo lo que desea lo hubiera conseguido ya, incluso antes de empezar. Lo que importa es el verbo, no la realidad. Al contrario, la realidad es tozuda y poco colaborativa, un verdadero incordio para él. Quizás por eso ha echado a Pam Bondi y a Kristi Noem, y a otros, mostrando su poder con cierta frialdad después de largos períodos de alabanzas, mientras se afanaba en relatar al tiempo la guerra a su gusto, imponiendo, claro, el gran relato imperialista y simplista, y bajando la voz con respecto a las decisiones domésticas de su administración (donde abundan los fiascos y las meteduras de pata, tanto como en la esfera global).

Casi todo es propaganda, lo que no es raro en las técnicas del populismo. No sólo Trump cuenta las victorias antes de que se produzcan (la relación con Delcy parece su gran bálsamo actual), sino que sus frases se parecen a los estucos dorados con los que decora los salones por los que pasa. Yesos dorados adornan sus discursos. Y eso tiene mucho de los decorados televisivos entre los que engordó su fama mediática. Su forma de ver el mundo tal vez viene de ahí. Maniqueísmo, lenguaje simple y agresivo, el uso de ‘take’, en el sentido de invadir, coger lo que te apetece, porque tú lo vales.

Sólo la obsesión de Vance (¡que puede ser su sucesor!) por los extraterrestres, a los que considera demonios, y esa alucinante visión religiosa de la guerra que se abre camino (Trump como un nuevo redentor, ¡nada menos!), puede superar el lenguaje tramposo de esta presidencia. Crees que no cabe ya un ápice más de necedad, pero al día siguiente te sorprenden.

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