Opinión | Buenos días y buena suerte
Clara Obligado, un exilio: cincuenta años después
El último libro de Clara Obligado, ‘Exilio’(Páginas de Espuma), que se presenta esa misma semana en Madrid, es hermoso y deliberadamente breve, y está construido con la emoción del instante, cuyo relumbre permanece misteriosamente, sin agostarse entre los pliegues del tiempo. El exilio es una palabra enorme, una roca cuyo peso brutal te acompaña siempre, y, aunque provocado por hechos de la historia, por hombres feroces y por la violencia del acero, sin embargo, hiere la vida doméstica y delicada, rompe el hilo del amor y de la sangre, porque es en la distancia corta de los afectos donde se manifiesta finalmente el dolor y la injusticia de tantas vidas interrumpidas.
No puedes separarte de un libro así, no hay tiempo para hacerlo, rápidamente te conviertes en parte de su materia narrativa, más en un mundo como este en que vivimos. Funciona como un texto en el que navegas, es un río de memoria, riverrum, un río que viene rodando del pasado, pero es un pasado muy presente, y cada minuto de entonces, cada minuto de aquella huida, de aquella partida, sigue ahí, brillando como un mineral. Lees ‘Exilio’, sin levantarte de la silla, no es necesario interrumpirte, y sabes que la autora no logra desprenderse de aquel 5 de diciembre de 1976 en que llegó a la capital de España. Con Franco recién muerto, como quien dice, y dejando atrás el golpe que acababa de derribar, en Argentina, el gobierno constitucional.
Es un relato comprimido de los últimos cincuenta años, desde que la autora llegara a Madrid, en un avión de Iberia, vestida con ropa de verano. Es un relato literario, no el resumen de una biografía. Es, en realidad, un libro colectivo. Un libro sobre todos los exilios, que se acumulan como capas de la memoria, diferentes, pero que, en conjunto, forman ese terreno alimentado por el dolor. Y dibujan ese lugar vacío que dejó la vida que ya no fue posible.
Esa liviandad de atuendo con la que Clara llega a Madrid, concebida para confundir a la seguridad de los aeropuertos en Montevideo y Buenos Aires (la casa de su hermana fue allanada apenas un día después), y el choque con el frío de la noche de Madrid, funciona de alguna manera como metáfora de la intemperie que estaba por venir. Clara identifica la inexistente palabra ‘insilio’, o exilio interior, como la vida a la intemperie.
Cincuenta años después, Clara Obligado vuelve de forma circular a aquel aterrizaje en un Madrid gélido y no tan hospitalario, en el que no entendía los acentos (“puedes ser extranjera en tu propio idioma”). Despojada de la infancia y de los afectos, vestida de verano en lo más crudo del invierno. El viaje es una gran herida, un corte profundo, y, al tiempo, una cura urgente.
En ‘Exilio’, el avión parte una y otra vez, como si no quisiera partir. Es un relato fractal. Pero también es un relato proteico: reflejos en un espejo roto. Y está el silencio: “no me invitaron a una casa en diez años”, ha dicho en alguna parte. España reconstruyéndose aún en blanco y negro. Clara escuchando lo que sólo se le contaba a alguien de acento extranjero. Clara en la esquizofrenia política de un Perón que, en España, había sido amigo de Franco. Era el frío que se extendía más allá de diciembre, el frío inabarcable de los exiliados no famosos: los de la pobreza y la dificultad. Era la vida rota.
Cincuenta años han pasado y Clara ha hecho muchas, muchas cosas. Creó, por ejemplo, la primera escuela de escritura creativa. No sabe muy bien si es de aquí o de allá, o de ambos sitios, o de ninguno. Sobre su piel ha crecido el árbol de la democracia de este país, también con sus ramas quebradas, y con los brotes de la primavera. Una mujer-historia, puede que a su pesar, que vuelve a contemplar ahora ese mismo dolor de los éxodos, las migraciones y los exilios, en este tiempo contemporáneo donde arrecia otra vez el horror. ‘Exilio’ es un libro delicado que habla de cosas terribles que pueden sucedernos. Con esas ilustraciones de Agustín Comotto, que llegó a Barcelona también en 1976, pero con ocho años, y que, envueltas en la megalomanía de Francesco Salamone (y la arquitectura de los mataderos), sirven para representar “el proyecto genocida de la última dictadura”.
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