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Opinión | In Memoriam

Ignacio Castro Rey

Ignacio Castro Rey

Filósofo, crítico de cine y de arte, gestor cultural y profesor

Silvia

Silvia, en una imagen de archivo

Silvia, en una imagen de archivo / Cedida

No es fácil hablar de mi hermana hoy, precisamente hoy. Uno lleva casi toda la vida cerca de ella, queriéndola y cuidándola. Sa biendo muchas cosas de ella pero, al fin y al cabo, quizá muy pocas. Como todas las criaturas, Silvia era un ser de infinita complejidad. Igual que todos nosotros, incluso un enigma. Y con secretos que se llevará para siempre a la tumba.

En primer lugar Silvia fue la herencia más importante de nuestros padres. Su franquicia, dice su cuñada. Fue la encrucijada de los caminos familiares y un factor constante de unión para sus hermanas, tanto o más que ese lugar fabuloso llamado Picón.

A todos nosotros nos hizo mejores con su humor, su gracia personal, su sencillez desenvuelta. Toda corazón, toda percepción, era sorprendente la punta que le sacaba a cosas y situaciones, con las relaciones inesperadas que establecía, a veces tan hilarantes. Asombrosa también su percepción para los estados de ánimo de cada quien, empezando por su madre. Y cómo ella percibía quién, de vez en cuando, no la comprendía o no la quería. Como dice el refrán, el perro y el niño van hacia el cariño.

Simpática, ocurrente, popular, durante años estableció un sinfín de relaciones. No olvidaremos aquellos años donde era una reina en la Quintana, casi siempre con un pañuelito en la mano que hacía de muñeco, una especie de «doble» con quien hablaba. ¿Quién sería ese otro? ¿La pareja que le faltaba, a ella, virgen emparejada con medio mundo? Decenas de fotos, casi hasta ayer, traslucen ese estado de gracia, la naturalidad sin filtros de una presencia expansiva.

Incluso sus mofletes y sus manos rellenitas remarcan esa concentración de caminos que a nadie era indiferente. Su prima comentaba hace pocos días que, aun con la evidente tristeza, su muerte nos dejó la imagen de un ser sin sombras de duda. Hasta Ocho, el perro del Picón que podría tener con Silvia una relación de rivalidad en la exclusiva de los mimos, estaba alterado el primer día de su ausencia.

Y siempre su sentido del ritmo, su cadencia de humor casi constante. Su vocación de actriz para los otros y sus discursos, a veces tan irreverentes. Silvia era además una niña, una mujer moderna. En la música, a veces muy loca; en la afición a guardar su dinerito con celo; en su gusto por la sidra con alcohol. Incluso, nos enteramos hace muy poco, en su afición adolescente a encender cigarrillos. Es además, tengo que decirlo, la única persona en el mundo que gozaba de la forma «deportiva» de conducir de su hermano, de su atrevida velocidad.

Muy religiosa, a Silvia le gustaba la gente. Todo el mundo, pero en particular la gente joven, guapa y dinámica. Empezando por sus sobrinos. Fue conmovedor, dice su hermana Ana, cuando al final de su último viaje en ambulancia, con una mezcla de gratitud y devoción, le acerca la mano a la cara de un joven enfermero que se queda paralizado de respeto y sorpresa.

Parte de su modernidad era también su sorna, un carácter con frecuencia gamberro. Ignacio, por Dios, dice con fingido escándalo, ya tocada de muerte, cuando su hermano la entretiene con disparates en el hospital. ¿Un ejemplo del «tormento de los inocentes»?

No, no exactamente. Silvia tuvo la suerte de un entorno de perpetuo cariño. Pero sí, como dijo el padre Daniel de San Agustín, pasó por pequeños dramas e inevitables contrariedades. Como cuando su sobrina y compañera de juego, Andrea, dio el paso a la vida adulta y se casó. Durante una hora o dos, Silvia no se conformó con su condición de niña eterna. Que a veces, hay que decirlo, la dejaba un poco sola y le producía tristeza. Pienso ahora mismo que esa melancolía latente ha impedido que su único hermano «deconstruyese», según los mandatos de la moda, su masculinidad. Como si la fragilidad de Silvia obligase, a quien la quería, a ser fuerte y osado.

Por encima de todo, contra viento y marea, siempre hizo lo que quiso. Más que cualquiera de nosotros, dice su hermana y tutora Dolores. Tal vez conociendo en secreto cierto retraso consustancial a la especie, ella nunca se adaptó a su categoría social de «discapacitada».

Sus paseos por las rúas con sus benditos padres, Maruxa e Ignacio, con sus hermanas, particularmente Elena y María José. Por encima de todo, quizá como cual quiera de nosotros, insisto en que Silvia fue un adorable enigma. Precisamente porque ella, en su presencia rotunda, era un misterio a flor de piel, tardaremos años en darle vueltas a los cien momentos que nos dejó en herencia.

¿Quién, qué era lo que veía Silvita en su habitual mirada oblicua, de soslayo? Quizá ella era la religión encarnada, el secreto encarnado. Tal vez su relación con la trascendencia estaba incrustada en ese «retraso» que le impedía lo que nosotros llamamos progreso, con su carga de fingimiento compartido.

Descanse en paz. Ella, no nosotros. Que el ejemplo moral de su sensibilidad sin maquillaje nos siga educando y cambiando. Mientras seamos humanos, lo necesitamos.

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