Opinión | Políticas de Babel
EE.UU. fuera de la OTAN
Donald Trump le reiteró al secretario general de la OTAN, su fiel y adulador amigo Mark Rutte, su decepción con algunos de los aliados de la Alianza Atlántica. Se lo dijo en una reunión celebrada el miércoles en La Casa Blanca. El ex primer ministro neerlandés, aun así, le quiso recordar que la mayoría de los miembros de la organización cumplen las exigencias de Trump, “casi sin excepción”. Quizá lo hizo para quitarle de la cabeza sus amenazas de abandonar la coalición militar. Pero el neoyorquino sigue enfurruñado. Su frustración se observa incluso con sus consejeros en materia de Defensa y seguridad, que se fiaron de cuanta información interesada les llegaba del exterior (ya hemos visto cómo se ha cargado al general Randy George, el jefe del Estado Mayor de su Ejército que había sido nombrado por el expresidente Joe Biden en 2023). Imagino cuán arrepentido estará de haber despedido a tantos analistas de Inteligencia, a tantos expertos en Irán, a semejante número de asesores asentados, hasta su llegada, en los principales organismos intergubernamentales y supranacionales.
Por eso Trump erró en su cálculo sobre los aranceles que con tanta efusividad celebró aquel 2 de abril de 2025, fecha que bautizó como el “Día de la liberación”. Y lo mismo le debe de haber pasado con Irán y ese proyecto bélico urdido por Netanyahu y el Mossad que decidió apoyar a ciegas, confiando más en los vídeos y en los informes fatalmente resumidos que le llegaban sobre el contexto iraní, que en las advertencias de quienes sí conocían la complejidad del país persa, pero que él decidió no escuchar, pensando que así podría debilitar a otro aliado de Rusia, al tiempo que zarandear a su rival chino.
No avisó a sus aliados europeos sobre sus acciones militares frente al régimen de los ayatolás; es cierto. Pero lo veo incluso comprensible, dada la equidistancia de países como España con grupos fundamentalistas y terroristas del Medio Oriente, y también debido a la falta de musculatura política de Europa ante dictaduras como la venezolana o la cubana, o a la débil respuesta del Viejo Continente tras la invasión rusa de Ucrania. Aun así, y tras la vergonzante falta de entusiasmo de sus socios occidentales para desbloquear un cierre del estrecho de Ormuz que a todos nos afecta (ahora parece que Francia y otros países árabes y europeos se lo están repensando), entiendo las amenazas de Trump de abandonar la OTAN. Si el neoyorquino ya ha iniciado el proceso legal para renunciar al Acuerdo de París sobre el cambio climático, y también para abandonar la OMS, ¿qué le impide darle la espalda a la Organización del Tratado Atlántico Norte? Hablamos de una alianza militar sustentada por EE.UU., y que Trump descubre ahora tan débil como improductiva.
La salida de la OTAN supondría para Washington pérdida de liderazgo e influencia internacional, sí; pero reduciría sus gastos improductivos (en bases militares y despliegue de fuerzas). Además, ahorraría en inversiones armamentísticas (pues sólo adquiriría compromisos de seguridad bilaterales con países afines); tendría mayor libertad de acción; ahondaría en el precepto de ‘America First’; podría redirigir sus recursos estratégicos y económicos hacia el Indo-Pacífico; y concentraría sus esfuerzos diplomáticos en un rival directo como China. EE.UU. saldría ganando. Y la UE también. Porque quizá así nuestra Unión despabilaría, asumiría su debilidad en Defensa y seguridad, y aceleraría, por fin, ese Ejército disuasorio conjunto que no termina de activarse, pese a su potencial para defender también nuestros intereses económicos y diplomáticos.
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