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Opinión | La lectura y los libros

Médico

Muerte administrada, nuestra época y un libro

Se habla en estos días mucho de eutanasia y de suicidio asistido. Yo no me referiré en estas líneas a ninguna persona concreta.

Vayan por delante tres afirmaciones personales. La primera es que mi postura personal no es importante, aunque no pueda evitar tenerla. Lo relevante es cómo acompaño a las personas de mi vida que están en la etapa final de la suya, empezando por mi madre, enferma de Alzheimer.

La segunda es que para la eutanasia y el suicidio asistido hacen falta profesionales encargados de su autorización y administración. Como médico que soy, no comparto la confianza —si no fuese totalmente inconveniente, diría que casi «angélica»— que tantos depositan en nosotros para esa tarea. No me refiero a la cuestión de la objeción, sino a la de tratar siempre la muerte administrada como auténtico último recurso, incluso ante posibilidades mucho más onerosas en dinero y tiempo. La actividad sanitaria no es una labor de santos laicos, sino de personas de carne y hueso, con vocación y entrega, pero también con errores y defectos. Algo parecido puede decirse de los hospitales, que, en cuanto instituciones humanas —por cierto, altamente burocratizadas—, pueden albergar también los males de cualquier otra institución.

Mi última afirmación guarda relación con la anterior. Comparto la convicción, ya expresada por otros: la muerte administrada tiene una enorme probabilidad de ser la medicina de los pobres al final de la vida. Recuerdo que en debates previos a la promulgación de la ley actual los partidarios de la eutanasia insistían en que querían las dos cosas: eutanasia y cuidados paliativos. Todos sabemos cuál es hoy la situación: los cuidados paliativos son más caros y no llegan a todos los pacientes que los necesitan, y allí donde están presentes suelen centrarse exclusivamente en los días finales.

Vamos ahora con la filosofía. La muerte administrada ha llegado porque está en el espíritu de nuestra época, en lo que los alemanes llaman Zeitgeist, es decir, aquello que nuestra época piensa y que nosotros asumimos como evidente, incluso sin ser plenamente conscientes de ello. Y lo está porque deriva de forma lógica de aquello que, en nuestro estado actual de civilización —o de descivilización, según se mire—, consideramos sagrado: la autonomía y la libertad personales. No hay civilización sin algo sagrado. ¿Y qué nos ha traído hasta aquí? En mi opinión, nuestro lazarillo ha sido la «sola razón» mezclada con el emotivismo; mal guía para una humanidad que ha dejado de saber qué no debe tocar.

El libro prometido, que muestra la situación a la que podemos llegar, es Señor del mundo, de Hugh Benson, novela distópica de 1907, cuya lectura recomendaron en varias ocasiones los papas Francisco y Benedicto XVI.

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