Opinión | POLÍTICAS DE BABEL
Más flecos para una tregua
Islamabad se convirtió desde el principio en el epicentro de la esperanza y la frustración. Esperanza por alcanzar en la capital pakistaní un alto el fuego, aunque sólo fuese provisional; y frustración por saber que estaba y sigue estando condenado a ser, cuando se logre la tregua, temporal y limitado. Esto es así por la desconfianza en el contrincante de cada una de las partes; y por el hecho de que, aunque la superioridad militar operativa de EE.UU. es evidente, la capacidad de resistencia iraní motiva que a nivel logístico y estratégico las fuerzas no aparenten tan descompensadas. Además, si repasamos tanto los diez puntos propuestos por el régimen iraní, como los quince que pretende imponer La Casa Blanca, enseguida encontramos escollos difíciles de sortear.
Por otro lado, muchas de las cuestiones que tendrían que plantearse sin complejos en Pakistán, ya estaban sobre el tapete de la mesa del diálogo desplegado tanto en Ginebra como en Omán semanas y meses atrás. Al menos así lo interpretaron muchos a finales de mayo de 2025; es decir, antes de la Guerra de los Doce Días, en que Israel primero, y EE.UU. después, atacaron las instalaciones nucleares y los centros tecnológicos y de enriquecimiento de uranio de Irán. También aparentaban estar varias de estas propuestas a punto de ser aceptadas antes del 28 de febrero de 2026, día del inicio del ataque conjunto de Washington y Tel Aviv a Teherán.
Donald Trump quiso debilitar el potencial balístico y militar iraní; y lo consiguió, destruyendo numerosos complejos industriales destinados a Defensa, gran cantidad de sus lanzaderas de cohetes, una centena de barcos, la mayoría de submarinos y navíos portaminas, y unos 30.000 objetivos; todo ello, utilizando apenas 3.000 misiles y cerca de mil ataques con material y recursos diversos. Pero, aun así, el país persa cuenta con infraestructura oculta, material proporcionado estos meses pasados por China, y conocimiento tecnológico para seguir produciendo lanzaderas de cohetes, y aumentando su arsenal balístico y de drones de manera autónoma y en un tiempo récord (unos 100 misiles al mes). De ahí su capacidad disuasoria sobre el estrecho de Ormuz.
Además, recordemos que la renuncia a desarrollar su programa balístico siempre constituyó una línea roja inaceptable para los ayatolás; pues lo consideran una prerrogativa esencial de su soberanía; un elemento disuasorio esencial para su Defensa y autonomía estratégica. Y lo mismo sucede con sus aliados del llamado “Eje de la resistencia”; que incluye en Oriente Medio a Hamás en Gaza, a los hutíes en Yemen, y, sobre todo, a Hezbollah en el Líbano; un grupo catalogado de terrorista por la mayoría de la Comunidad Internacional al que Irán lleva tiempo aprovisionando militarmente, y adiestrando a través de los miembros de su propia Guardia Revolucionaria Islámica desplazados a territorio libanés.
Por eso Hezbollah se ha hecho fuerte todos estos años frente a las Fuerzas Armadas regulares libanesas, que apenas cuentan con capacidad militar; debido, también, al embargo de armas que sufren desde hace décadas. De ahí que cualquier negociación sobre su desarme, o sobre un alto el fuego entre Israel y el Líbano, tenga que contar con la participación de ese “Partido de dios” que sigue teniendo capacidad para lanzar sobre el Ejército israelí en el sur del Líbano, y sobre todo el territorio israelí, hasta 150 proyectiles al día. Y de ahí también la dificultad del vicepresidente J. D. Vance para convencer a Netanyahu de un alto el fuego que el Gobierno hebreo considera, pese a las advertencias de Trump, inoportuno.
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