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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

Orbán, Magyar y la teoría política del ‘spin-off’

Péter Magyar ha ganado con contundencia las elecciones en Hungría y ha dado a Europa un enorme balón de oxígeno, en tiempos de tribulación. Péter Magyar sería como Pedro España, o como Pedro Español: aquí tenemos un Pedro Sánchez, que también estará más que contento con el resultado, pero no nos falta un Arcadi España, si nos ponemos exquisitos. Arcadi España García, que es tanto como tener el apellido perfecto para ministro de Hacienda y el otro apellido, el segundo, como metáfora del ciudadano, del contribuyente, porque García es quizás el más común de todos los apellidos.

Dicho esto, volvamos a la euforia europea con Magyar. Es lógica, si se piensa que Orbán, diplomacia aparte, era algo así como la piedra en el zapato de la Unión. Mucho más que Meloni, que, a su forma, ha ido haciéndose un hueco confortable, como quien busca un aggiornamento de lo suyo, dadas las complejas circunstancias y la movida de las bases americanas. No es que Meloni se haya transfigurado en una europeísta sin fisuras, a ver si me explico, pero maneja con cierto cuidado las relaciones con Bruselas. Cómo será, que hasta sus polémicos centros externalizados para refugiados han convencido a algunos, aunque esa es otra historia, y no precisamente amable.

Orbán ha perdido porque el populismo global está en horas bajas, por más que Trump saque pecho y saque imágenes ridículas generadas por IA. La historia gira vertiginosamente y todo parece indicar, aunque no es cosa de lanzar las campanas al vuelo, que se ha iniciado una contrarrevolución contra lo que se presentaba, ahí es nada, como una revolución autoritaria que vendría a salvarnos. ¿En qué momento perdimos el oremus? La votación masiva en Hungría ha aupado, también masivamente, a Magyar, Pedro el Húngaro, o Pedro el de Hungría, o así, que no hay nombre más adecuado.

Pero no olviden que Magyar fue un admirador de Orbán, hasta que se cayó del caballo, o vio las orejas al lobo, o puso las barbas a remojar. Lo que prefieran. La educación clásica y elitista no te asegura nada: Orbán venía de Oxford, como venían de grandes universidades líderes que luego han devenido en poco demócratas en las cuatro esquinas del globo. No se sabe en qué momento se olvidan de todo lo aprendido, que, es de suponer, tuvo que ver con la alta política y con la libertad guiando a los pueblos. Orbán empezó europeísta, o así, como es bien sabido, pero la insatisfacción es un alimento amargo, aunque nutritivo. Gran parte de los populismos se alimentan de la frustración, con ayuda de la propaganda. Así se construyen relatos que, para qué negarlo, han convencido a muchos. ¿Han tocado techo?

Difícil saberlo. Pero la derrota de Orbán responde sin duda a un despertar de Hungría, y, si los síntomas no engañan, responde también a un cambio profundo en las preferencias globales del electorado. La victoria de Magyar, si sabe seguir adelante con la moderación prometida y defiende la vuelta a Europa (eso esperamos), puede ser la antesala de un regreso a la normalidad democrática y a la diplomacia, tras la gran sacudida de los movimientos ultra, que se han topado con el muro de la realidad y con el caos insondable de algunos de sus liderazgos. Trump la lía casi a diario, pero hay que agradecerle su impagable maniobra de autodesgaste. Muchos republicanos simplemente desearían ahora recuperar un partido que, por decirlo claro, les fue arrebatado de las manos por la ambición de poder, para crear un sindiós.

No será tan fácil la recuperación de la cordura mundial. La victoria de Magyar si a alguien favorece es a la Unión Europea. ¡Por fin buenas noticias! Acostumbrados a vivir cada vez más en los márgenes de las decisiones, y ninguneados por ser el corazón de las democracias, los europeos empiezan a sacar la cabeza. Que dure. Parece que se impone la política del ‘spin-off’. Hay liderazgos que se separan de su tronco, sea por despecho o por grave desacuerdo. Se dice que Trump ya ha dividido a los republicanos, sin que haya que esperar a que Vance complete el catálogo de los disparates de Trump. Y hay otros lugares en los que, como ha pasado en Hungría, parece que se abren alternativas que logren frenar la destrucción de las democracias.

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