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Opinión | GLOBAL-MENTE

Periodista

El Líbano, un caso aparte

Un diluvio de bombas cayó sobre el Líbano el 8 de abril, a las dos de la tarde, diez minutos en los que Israel descargó su furia sobre el valle de la Bekaa; sobre el sur, en particular la ciudad histórica de Tiro adonde habían ido muchos desplazados; e incluso en barrios del centro de Beirut. Sin previo aviso y cuando muchos libaneses volvían a sus casas confiando que el alto el fuego entre EEUU e Irán también les incluía a ellos. Pues no, ellos eran un caso aparte y Netanyahu y el Tsahal se lo hicieron saber con más de 350 muertos y más de un millar de heridos, según las autoridades libanesas. Israel lo justificó con que los milicianos de Hezbolá habían salido de sus feudos y se mezclaran con la población, argumento que ya utilizó en Gaza para combatir a Hamás.

Aquel fue el bombardeo más sangriento de la historia del Líbano, un país sometido desde hace décadas a la guerra y devastación. Y que está muy solo. Apenas 30 países, liderados por Francia, han exigido que el Líbano esté incluido en el alto el fuego regional con Irán para poner fin a las hostilidades entre Israel y Hezbolá.

A lo más que ha accedido Netanyahu es a entablar conversaciones directas con el Gobierno libanés, solo a nivel de embajadores y bajo los auspicios de Washington. Es el primer contacto desde los intentos fallidos de 1993 y nada augura otro resultado en vista del enorme desequilibrio de fuerzas entre las partes y del lío que supone para el Líbano plegarse a la exigencia de Israel: el desarme de Hezbolá.

La milicia chií proiraní del “Partido de Dios” nació en 1982 bajo la ocupación israelí; es la única que no se desarmó tras el Acuerdo de Taif que puso fin a la guerra civil libanesa (1975-90); y es un auténtico ejército paralelo en el Líbano. Pese a que Israel proclamó haberla descabezado en 2024 con el asesinato de su líder Hasán Nasaralá y de decenas de milicianos por la explosión de sus “buscas”, Hezbolá entró en la guerra contra Irán tras el asesinato del ayatolá Alí Jameneí el 28 de febrero. Desde entonces no para de hostigar con cohetes el norte de Israel haciendo caso omiso a la exigencia del primer ministro libanés, Nawaf Salam de que entregue las armas. Al contrario, su líder Naim Qassen, considera las negociaciones con Israel una capitulación y se presenta como el único defensor de una población, mayoritariamente chií, que teme la ocupación israelí de sus tierras en el sur del Líbano, a las que no podrían volver.

¿Y Francia en todo esto? Pues tiene un papel complicado al pretender conciliar la defensa de la soberanía territorial del Líbano y el desarme gradual de Hezbolá, ahora mismo inviable sin que esto desate otra guerra civil. Francia tiene una relación especial con el Líbano, país al que tuteló durante años incluso tras su independencia y del que es el principal benefactor. El sistema de reparto confesional del poder que atribuye la presidencia de la República a un cristiano maronita, la jefatura del Gobierno a un suní, y la presidencia del Parlamento a un chií, obliga al compromiso permanente para preservar un frágil equilibrio entre las tres comunidades.

Israel ha mantenido a Francia, mediador tradicional, fuera de las negociaciones de Washington, “tan lejos como sea posible” dijo el embajador israelí en EEUU, Yechiel Leiter. Para Israel está claro, hablar sí pero sólo con el Líbano.

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