Opinión | Miel, limón & vinagre
Péter Magyar no es Mamdani

Péter Magyar.
Viktor Orbán no gobernaba Hungría, la definía. Por eso cae ante un rival indefinido, a moldear, que en su atildamiento recuerda a radicales europeos como Sebastian Kurz o Jordan Bardella. Sin apabullar, Péter Magyar ha derrumbado al arquetipo de los hombres fuertes. Y se diría que no ha tenido que empujarlo, por eso el abogado ejecutor parece impoluto, con esa tímida uve de la victoria que esbozó tras depositar su voto en la urna.
Derrota abismal, estrepitosa, inconcebible. Los adjetivos son más opacos que los números. Los 137 diputados obtenidos sin despeinarse por Magyar equivalen a que un partido español acumulara 237 escaños en el Congreso. En 1982, Felipe González se conformó con 202, hito irrepetible. El nuevo dueño del parlamento húngaro aventaja en más de cincuenta actas equivalentes a los mejores resultados de Aznar (183 en 2000) o Rajoy (186 en 2011). Si un político en el poder obtuviera datos semejantes en su reelección, sería obligatorio acusarle de pucherazo.
Tranquilos, no habrá más números, aunque ahora llega el capítulo científico sobre las reacciones nucleares. Magyar demuestra que se puede derrotar a la ultraderecha desde la derecha, una forma de implosión o fusión fría que requiere del concurso de ciudadanos centrífugos, porque habían jurado no votar nunca conservador. La izquierda húngara sin Rufián vuelve a resignarse para inclinarse hacia la derecha moderada, un clásico desde Chirac-Le Pen a Macron-Le Pen.
El trumpismo con rostro humano se llama Magyar, a quien ha ayudado incluso su apellido. Equivale a que llegara a la Moncloa un tal Pedro Español, en todos los sentidos. El magiar no ha derrotado a su predecesor con ideas propias, sino que ha buscado las ideas apropiadas para hundir a un campeón con más de cinco trienios.
Cuña de la misma madera, los más reticentes reprochan a Magyar su educación política a las órdenes del propio Orbán, durante más de veinte años de convivencia que alguna huella habrán dejado. Sin embargo, a los más antiguos les sonará el nombre de Adolfo Suárez, que también era de Fidesz o de Falange, como se le llamaba en España. De hecho, Orbán fue un acreditado izquierdista que cursó la evolución tal vez natural hacia el ultraísmo, y su sucesor navega en rumbo contrario.
Conviene frenar las euforias desbocadas. Magyar no es Mamdani, el primer comunista norteamericano que arrolló en el concurso a la Alcaldía de Nueva York. La plataforma Tisza que ha aupado al húngaro retrata sin contemplaciones los efectos que atribuye a los trabajadores inmigrantes.
"Empujan los salarios a la baja, inflan los precios de la vivienda y causan problemas sociales". Pleno.
Con todo, la suma de las consideraciones anteriores no acierta a explicar la caída a trompicones de Orbán. La democracia sigue siendo el Gobierno de los gobernados, los grandes olvidados del ritual, un colectivo muy atento a la regeneración periódica del poder.
En crudo, quizás Magyar ha ganado porque no quedaba otro remedio, en una decisión colectiva por echarle el freno a la eternidad. Cada vez que se denigraba a Orbán, al espectador no le conmocionaban tanto sus abusos como el escándalo insufrible de 16 años en el cargo. El poder interminable corrompe interminablemente, improvisaría Lord Acton.
Al imponer una alternancia brusca y radical, Hungría ha dado una lección a los ciudadanos de países que se sienten más aventajados en el arte de votar. Ahí queda el editorial de un New York Times afectado excepcionalmente de humildad, y que aprende de los votantes húngaros al diseñar "una hoja de ruta para derrotar al trumpismo".
Conviene insistir en que abundan los apartados de esta guía que se le atragantarán a los lectores del Times, por no hablar de la izquierda española. De ahí que el «periódico fracasado», según Trump, sea muy cauteloso al destacar que "Magyar ganó evitando el progresismo social que domina la élite de los círculos izquierdistas y que aleja a muchos votantes". La caída del caballo.
Magyar se ha abierto modestamente un hueco desde una lanzadera de baja intensidad. El mundo alinea a 32 ciudades más pobladas que toda Hungría, país del que se omiten aquí los datos demográficos por haber superado el párrafo numérico. El líder de Tisza demuestra que las propuestas innovadoras no deben encerrarse en el derrotismo.
En el denominado síndrome de La vida de Brian, se atribuyen virtudes mágicas a toda circunstancia de Magyar, como el grito de Russians go home emitido por sus partidarios. A ver cuánto dura el idilio con el neonato, porque la geopolítica es cíclica por naturaleza. No descarten una renacida añoranza por Orbán, ha sucedido hasta con Franco.
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