Opinión | Tribuna
Gárgolas
¡Oh, gárgola mingente en el espacio / con la ruda impudicia milenaria!”. Así expresaba Manuel Machado su admiración por las gárgolas compostelanas en su poema dedicado a Santiago. En “La gárgola”, poema incluido en su obra “Ángeles de Compostela”, Gerardo Diego centra su fascinación en dos realidades de la ciudad, la piedra y el agua. Otros escritores como Torrente Ballester o Castroviejo han dedicado también párrafos brillantes a las gárgolas, elementos arquitectónicos diseñados para dar salida al agua de los tejados, pero también piezas artísticas únicas, ejemplo de la libertad creativa de canteros anónimos, y guardianes de la tradición y el misterio compostelano.
Y no es para menos, Santiago es una de las ciudades europeas con mayor número de este tipo de desagües pétreos; se calcula que existen unas trescientas, de las cuales la mayor parte fueron esculpidas con representaciones de animales fantásticos de los bestiarios, caricaturas, o figuras antropomorfas, que no tienen, sin embargo, en Compostela, ninguna significación moralizante ni aportan mensajes bíblicos.
Y es el antiguo Hospital Real, actual Hostal de los Reyes Católicos, el que muestra en su cornisa 78 gárgolas de la Edad Moderna. Históricamente ya fueron objeto de alguna intervención, como en el último cuarto del siglo XVII cuando se actuó sobre la cornisa de la fachada principal y la esquina que mira al Palacio Arzobispal, haciendo que las gárgolas fuesen más largas y, además su vuelo exterior, atravesasen no sólo la anchura de la pared, sino que sobresaliesen en dirección contraria con el fin de hacer contrapeso y consolidar la fachada que corría serio peligro. En los informes de entonces se señala que las gárgolas, “nezesitan se le echen unos remates enzima, lo uno porque hermosean, lo otro porque sirvan de contrapeso”.
Además de buscar la seguridad de la fachada meridional se pretendía también, en aquel momento, el efecto estético del conjunto, en el que sus dieciséis gárgolas jugaban un papel artístico importante. No parece que ese sea haya sido el objetivo de la intervención actual en el Hostal cuando se ha decidido introducir unos tubos de cobre de gran longitud en las bocas de las gárgolas, al parecer con la función de evitar que viertan el agua sobre la balconada y sobre la fachada. Me resisto a creer que no exista otra alternativa a la evacuación del agua de las cubiertas que la inserción de unas prolongaciones de cobre horrendas que afean y distorsionan la fachada que da al Obradoiro. Y más aún después de que, con motivo de su restauración, la Catedral haya sido durante los últimos años un laboratorio en donde se han experimentado y aplicado novedosas soluciones técnicas para evitar las filtraciones de agua desde sus tejados.
Y me sorprende que ICOMOS, organismo asesor de la Unesco para el Patrimonio Mundial en lo relativo a conservación y restauración, y que cuenta con delegación en España, tan raudo en opinar sobre otras propuestas de la ciudad como el teleférico a la Ciudad de la Cultura, aún no se haya pronunciado sobre esta actuación que, artísticamente, deja mucho que desear.
Yo espero que impere la cordura y que la solución adoptada sobre las gárgolas de la cornisa del antiguo Hospital Real se corrija y deje de aplicarse ya a las fachadas en donde aún no se ha intervenido. Se enmendaría un grave error que no puede entenderse dentro de una ciudad que es Patrimonio de la Humanidad, y en la Plaza del Obradoiro, meta de un Camino que también es Patrimonio de la Humanidad.
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