Opinión | GLOBAL-MENTE
El “No matarás” y la Segunda Enmienda
Otra vigilia mas con velas, peluches, flores y mensajes manuscritos esta vez en Shreveport, Luisiana, EEUU. Los vecinos lloran a los ocho niños de 3 a 11 años muertos en el tiroteo de la madrugada del domingo 19 de abril. Eran siete hermanos y hermanas y un primo, muertos por los disparos del padre de los primeros, un hombre de 31 años, exsoldado de la Guardia Nacional de Luisiana, con antecedentes penales por tenencia ilícita de armas en 2019.
Dejó gravemente heridas a su novia y a su mujer, de quien se estaba divorciando, lo que le habría hecho “perder la cabeza”. Es la peor matanza en dos años.
Un arma, un cónyuge enloquecido por una separación y niños en medio. Estos tres elementos de la tragedia me trajeron a la memoria otra descrita con pena contenida por el escritor neoyorquino Paul Auster en su libro Bloodbath Nation (2023). El titulo en español, Un País Bañado en Sangre, resta crudeza al titulo en inglés -literalmente, nación baño de sangre-, una denuncia de la violencia endémica por armas de fuego en su país. Paul Auster cuenta que siendo su padre un niño muy pequeño, su madre, despechada por la separación del marido, coge una pistola de debajo de la cama de su hijo, y sin mediar palabra, delante de otro hijo, mata de dos tiros a su marido, el abuelo de Paul Auster. Durante 50 años en su familia no se habló de aquella tragedia, un tabú inquebrantable, un trauma eterno, hasta que por azar una prima de Auster escucha el relato por boca de un desconocido sentado a su lado en un avión.
El escritor analiza las causas profundas y complejas de esta epidemia de la que los estadounidenses no son capaces o no quieren librarse, porque uno de los factores necesarios es la tenencia de armas y su proliferación. La consagración de la Segunda Enmienda de la Constitución de EEUU como un derecho individual por la interpretación del Tribunal Supremo, ultraconservador, no es ajena a su aceptación social como el precio a pagar por una libertad aún a costa de la seguridad colectiva.
Y abrumadoramente son los más jóvenes de la sociedad los que pagan por ese derecho a portar armas en público. Y es así tanto para los tiradores como para sus víctimas, muertas o heridas. El esquema se cumplió a rajatabla en la matanza de Uvalde, Texas, en mayo de 2022. Un joven de 18 años entró a tiros en la escuela primaria con un fusil AR-15 y asesinó a 19 niños y dos maestras.
Un crimen tan escalofriante que, además de las consabidas lamentaciones y vigilias, fue el desencadenante de la Ley Bipartidista de Comunidades Seguras promovida por Joe Biden. Básicamente corrigió algunos vacíos legales sobre la venta de armas a menores de 21 años y su prohibición a personas condenadas por violencia doméstica. Pero el Senado, la NRA (Asociación Nacional del Rifle), los fabricantes de armas, y la interpretación del Tribunal Supremo tiraron abajo la prohibición de armas de asalto y cargadores de alta capacidad prevista en el proyecto de ley.
De modo que para protegerse de un “tirador activo”, término con el que se designa a un individuo disparando indiscriminadamente contra un grupo de personas, lo primero que se les enseña a los alumnos, incluso en preescolar, es a esconderse. Es duro comenzar la vida académica con miedo a que te maten y no con la ilusión de aprender. En ese país que tanto invoca la Biblia, la Segunda Enmienda pesa más que el “No matarás”.
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