Opinión | Buenos días y buena suerte
El libro, espada contra los tiranos
Hablé en mi última columna de los libros, antes de la conmemoración universal del antiquísimo objeto, y vuelvo a hablar hoy, ya con el premio Cervantes para Celorio en Alcalá, y con el recuerdo de esa gran comunión transoceánica que trajo un día a tantos escritores latinoamericanos a Europa, o que convirtió Barcelona en el lugar de encuentro de los autores del ‘boom’, y de otras literaturas, en aquella marea levantada, como una tormenta buena, por Carmen Balcells. Este 23 de abril las rosas y los libros volvieron a tomar las calles, y no hay mayor canto de libertad que la literatura al pie de las aceras. La literatura ha sido un ariete extraordinario contra la intolerancia.
Pero el Día del Libro ya está en todas partes y pronto estallarán las ferias en el corazón de la primavera, y se poblarán los parques y las alamedas de las hojas verdes de las historias nuevas. Los libreros están detrás del milagro, como siempre, y en especial los llamados ‘libreros de barrio’, que tienen algo de colmado de la fantasía y de la imaginación. La cultura ultramarina de aquellos seres increíbles me recuerda la importancia del que viene de fuera. Y la librería de proximidad, donde conocen al autor, pero también al lector, me recuerda ahora a la salvación que nos proporciona una pequeña tienda de alimentación abierta los domingos. Las librerías muestran sus frutos de temporada y los más exóticos, todos brillando. He visto pasión en esa gente que conoce hasta las arrugas de los libros y la página concreta donde anida una frase. También hay, y ha habido, grandes escritores libreros (el más reciente, tal vez, Máximo Huerta, que habla de su librería de Buñol como de un refugio ante los males del mundo). Pero muchos más, claro. Y esas personas forman una red que parece invisible, pero que es muy real. El libro existe y parece indestructible. Nunca ha dejado de funcionar mágicamente.
Digo que el libro existe porque se dudó de su resistencia y se aventuró su muerte. Se dudó del libro-objeto, cuya piel se puede sentir, ante el impulso tecnológico y la lectura digital. Sigue triunfando este objeto imbatible que viene del pasado remoto, y de los monasterios y los escribas, y de la antigüedad clásica (hay que volver siempre a los juncos de Irene Vallejo, ese gran libro sobre la invención de los libros y la invención de la cultura, como el que mencionaba aquí el otro día, el de Alberto Manguel, sobre la historia de la lectura). El libro es un invento tan crucial como la rueda. Y ambos convirtieron el viaje en una de las actividades fundamentales de nuestra vida.
Me ha gustado saber que, tras la pandemia, mucha gente logró mantenerse asida a un libro, como si fuera el timón de un barco entre la niebla. O la última cuerda que te sujeta al acantilado. Sabemos (lo decía hace unos días Samanta Schweblin) que hoy no se presta suficiente atención a las cosas, y eso es muy malo para el que escribe y para el que lee. “Prestar atención es el superpoder más grande”, le dijo a El País. Ya es una rareza. Los destellos del móvil han seducido a los más jóvenes (y no sólo), pero otros han vuelto a los libros, como quien regresa a una profesión secreta y antigua, y ahí están los números, que hablan muy bien de los jóvenes lectores, y de las mujeres (leen más y van mucho a los clubes de lectura). Y llevan libros desgastados en los bordes en bolsas de Virginia Woolf, objetos que se frotan como lámparas, libros grandes, tantas veces, transportados en el autobús con los restos del día, con esa contundencia hermosa del que rompe en pedazos, con sólo pasar páginas en silencio, el intento de algunos por lograr que triunfe el miedo y la ignorancia. Hay un gesto heroico en la lectura en los espacios públicos que desafía el autoritarismo, ahora que se prohíben libros otra vez en lugares inesperados, que se arrancan de algunos programas universitarios (en Estados Unidos, por ejemplo). Pero eso sólo indica que este objeto mágico conserva todo su poder: es nuestra dulce espada en la batalla.
En San Jordi, la escocesa Ali Smith dijo: “los libros enfurecen a los tiranos”.
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