Opinión | Buenos días y buena suerte
Con Sergio del Molino (Goya y aquella mujer)
Me encontré con Sergio del Molino en la tarde de A Coruña. Había venido para lo de Javier Pintor y Xavier Seoane, a los que se le cae la cultura de los bolsillos, pero en realidad Sergio (perdón por la familiaridad) lleva tiempo por Galicia, en la costa atlántica, por Cedeira y tal. “Nuestra idea es quedarnos a vivir ahí todo el tiempo posible”, me dice. “Escribí la mitad de esta novela aquí, no te digo más”. Le pregunto cómo alguien tan aragonés (aunque nacido en Madrid) recaló en tan atlántico enclave, y me dice que bueno, que fue de mucho venir, que les acabó gustando muchísimo, y que la cosa no va de ser de aquí o de allí. Lo mismo que el humor, que Sergio del Molino emplea con gran virtuosismo, no es exactamente un atributo regional, o local, sino un atributo humano (cuando se da, me refiero). El humor de Murcia, o de Zaragoza, dicen algunos. En fin: tal vez no haya tal cosa.
Le digo que hace mucho tiempo que no nos vemos, pero asegura que tampoco ha pasado tanto desde la última vez. Para mí siempre está ahí esa hora violeta, que nos lo descubrió, pongamos. Luego no ha dejado de triunfar. En el libro que nos ha traído hasta aquí, ‘La hija’ (Alfaguara), también sale la luz violeta. Es un libro enorme, 650 páginas, pero Sergio me dice que el personal se lo está leyendo con ganas, sin miedo. Y sin dificultad, porque se lee muy bien. “Ahora, es el libro más gordo que me ha salido, sí”.
Va de Goya, dirían los que resumen rápido. Como aquello de “va de Rusia”, que creo que decía Woody Allen (o sus personajes), para resumir ‘Guerra y Paz’, tras leerlo en unos diez minutos, tirando por arriba. Pero lo cierto es que no va de Goya, o no sólo, sin de aquel tiempo, y de la casi desconocida Rosario Weiss, hija o ahijada, tanto monta, etcétera. “No se sabe tanto de Rosario Weiss, pero tampoco de Goya”, dice con su sonrisa, que siempre es la llave de un debate, o la llama de una polémica. “Ni los goyescos o goyistas saben tanto como dicen”, subrayo, porque se lo escuché a él en alguna parte. Goya es un pozo de enigmas, me parece comprender. ‘Los misterios de Goya’ podría ser una buena serie. Negocio seguro: apunten. Con el libro de fondo, me refiero, o con otros libros sobre el pintor, que hay muchos (uno muy reciente de Luis Zueco, con quien tengo que hablar cuanto antes, si nada me falla. Voy a apuntarlo). O ‘El último Goya’, de María Santos-Sainz, que creo que fue el que inspiró a Sergio del Molino, en las calles de Burdeos, un libro que habla de ese exilio durante los últimos cuatro años de la vida del pintor. Goya se hizo negro negrísimo, de soledad, guerra y hastío. En fin, que no faltan libros sobre Goya, porque Goya, como París, no se acaba nunca.
Pero eso no ha frenado el ímpetu de Del Molino, que encuentra que hay mucho Goya, pero no tanta Rosario Weiss, a la que el pintor veía con un futuro excelso y a la que trataba con admiración artística, pero a la que ignoró en el testamento, como también ignoró a la madre de la discípula. Estas cosas pasan. A Weiss, que en ‘La hija’ está muy cerca del lector, con sus idas y venidas por el Madrid de la cultura y el laberinto político (“España es como es por el siglo XIX”, creo que me dice), se la ha ido redescubriendo tras su práctica desaparición (“la expulsaron del relato del pintor”, me explica Sergio del Molino, que reconoce que la novela es una reivindicación). Y así, ahí está en el Prado el autorretrato de Rosario, ‘La atención’, descubierto casi por milagro. Weiss, Weiss, Weiss, de la que se enamoró Rascón, escritor, diplomático, el narrador de la primera parte de esta novela, que llega a París a ver las pinturas negras tras haber sido arrancadas de la Quinta madrileña (la Quinta del sordo, que dicen algunos, aunque se refiera a otro sordo, no a Goya). Goya pintó con óleo sobre estuco, me dice Sergio del Molino, lo que permitió llevárselas y salvarlas. La Quinta no era gran cosa, creo, pero se salvaron cosas como ‘Saturno devorando a sus hijas’. Y el perro semihundido, mi favorito. Rosario Weiss murió muy joven, puede que de infección intestinal. O de cólera morbo. Se apagó sin aparente razón, y fue Rascón el que escribió su necrológica en el Semanario Pintoresco Español. Otro día hablamos más, pero recuerden que este es un libro excelente, que arroja una hermosa luz sobre las Pinturas Negras, que Goya nunca explicó, ni nadie, salvo alguna cosa, y que Sergio del Molino arropa con una prosa imbatible, con esa fuerza de su lenguaje que nace, o eso creo, de su pasión por iluminar los lados oscuros y los personajes injustamente olvidados.
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