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Opinión | Global-mente

Periodista

Diplomacia real y humor británico

Mr. Speaker, Their Majesties King Charles III and Queen Camilla!

Al anuncio siguió una ovación de 2 minutos y 21 segundos. Los congresistas recibieron a Carlos III y a la reina tal que a unas estrellas del rock. Otras doce veces aplaudieron de pie al rey, seducidos por su discurso en el que desplegó humor, guiños históricos y unas pocas alusiones a los conflictos actuales.

Empezó con una cita de Oscar Wilde, que dice “tenemos todo en común excepto, por supuesto, la lengua”, una ironía para resaltar los lazos entre ambos países y sus diferencias. Arrancó carcajadas y se metió a la Cámara en el bolsillo. A partir de ese momento su alocución iba a transcurrir sobre ruedas, sin tropezar en los espinosos asuntos que enturbian la “special relation” entre EEEUU y Reino Unido.

¿Un monarca en el Parlamento de una República y excolonia? No problem.

Carlos III estuvo 70 años preparándose para sentarse en el trono británico y con ese bagaje tiró del pasado. Les dijo que sentía el peso de la Historia sobre sus hombros porque la relación moderna entre sus dos naciones y pueblos abarca no sólo los 250 años (de la independencia de EEUU) sino más de 4 siglos, o sea desde el inicio de la colonización. Y añadió: “Soy el decimonoveno de nuestra linea de soberanos en estudiar diariamente los asuntos de América”, y así entró en materia.

Primera salva contra el ninguneo del poder legislativo por parte del presidente Trump y su equipo:

“Vengo con el mayor respeto al Congreso de EEUU” que calificó de “ciudadela de democracia” que representa a todos los ciudadanos y es garante de derechos y libertades.

Continuó el rey recordándoles a los representantes de la soberanía popular cuánto le debía la democracia estadounidense a la “Magna Carta” de 1215, cuando el rey Juan sin Tierra tuvo que aceptar compartir el poder y someterse a controles y contrapesos, el famoso “checks and balances” que tanto molesta al presidente republicano. La referencia provocó una ovación entusiasta para mayor satisfacción de los demócratas.

Es interesante destacar la habilidad del discurso de Carlos III para darle la vuelta a la historia, o al menos una lectura diferente de la independencia y consiguiente pérdida de las colonias de America por parte de la Corona británica hace 250 años. Citó el lema de la revolución americana, “no taxation without representación”, y si bien reconoció que fue inicialmente motivo de “amarga disputa”, en realidad los revolucionarios lo habían heredado del principio -británico- de consentimiento de los gobernados.

Es el arte de difuminar una ruptura y lanzar otra salva contra la política de aranceles arbitrarios impuesta por Trump y desautorizada por el Tribunal Supremo de EEUU.

Carlos III no dejó de mencionar a Ucrania y a la OTAN, pero merece destacar su alegato a favor de la naturaleza bajo un prisma original, lejos de caminos trillados. En un país donde la economía manda tanto, dijo: ”la economía de la naturaleza es la base de la seguridad de la nación”.

Para alguien que ya en 1970 alertó sobre los peligros del plástico y que fue ridiculizado por admitir en 1986 que hablaba con las plantas, su credibilidad y compromiso en este terreno está fuera de dudas.

Al rematar los 20 minuto de discurso, él y Camila se fueron entre aplausos y saludos. Solo les faltó a los allí congregados cantar God Save the King.

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