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Opinión | Crónicas de JAC

José Antonio Constenla

José Antonio Constenla

Concejal del PP en Santiago

Concejal del PP en Santiago

Moncho Reboiras: a loita… continúa

Hay decisiones políticas que revelan con claridad la manera de entender el poder de quienes las impulsan. La colocación de una escultura dedicada a Moncho Reboiras en las calles de Santiago pertenece, sin duda, a esa categoría. Es un síntoma de cómo el BNG y Goretti Sanmartín conciben el espacio público: como un terreno de apropiación ideológica y escaparate para el relato propio, aunque eso implique ignorar los consensos básicos de la ciudad.

Cada escultura, placa o nombre de calle responde a una decisión consciente de elevar una figura al rango de referente social. Una especie de pedagogía cívica para recordar a quien merece ser recordado. Y precisamente por esa carga simbólica, las ciudades que se respetan a sí mismas construyen los reconocimientos desde el consenso y la prudencia.

Santiago, hasta el momento, había tejido, con mayor o menor acierto, un relato urbano en el que conviven figuras de muy distinta procedencia, pero que comparten al menos dos elementos: una relación reconocible con la ciudad y una aceptación razonablemente amplia entre la ciudadanía.

Por eso, el homenaje a Reboiras rompe bruscamente con esa lógica en varios planos. El primero es el de la controversia. No estamos ante un personaje neutral o una figura histórica respetada por todos. Su trayectoria está profundamente ligada a una militancia política concreta y sigue generando interpretaciones enfrentadas. Por tanto, llevar una figura así al espacio público es, deliberadamente, provocador.

Pero hay un segundo plano que resulta incluso más significativo: la práctica ausencia de vínculos entre Reboiras y la ciudad de Santiago. Más allá del imaginario de determinados sectores ideológicos, no existe ninguna relación que justifique su presencia en el callejero de la ciudad.

En este punto, las palabras de Borja Verea, portavoz del Partido Popular, cobran especial relevancia. Frente al discurso de quienes presentan la iniciativa como un acto de justicia histórica o de recuperación de la memoria, pone el foco en algo mucho más básico: el respeto al carácter compartido del espacio público. Recordar que las calles no pertenecen a un gobierno ni a una ideología, sino a todos los ciudadanos, no debería ser una posición polémica.

Sigue afirmando Borja Verea que lo que está en juego no es solo una estatua, sino la forma en que se construye el relato colectivo de la ciudad. Cuando una administración decide unilateralmente introducir símbolos que no cuentan con un respaldo amplio, se envía un mensaje claro: el consenso deja de ser necesario.

Asimismo, ante los retos que debe afrontar nuestra ciudad en materia de vivienda, movilidad, turismo y servicios públicos, dedicar energías políticas a iniciativas que generan división no parece, precisamente, la mejor carta de presentación de un gobierno municipal sensato. ¡Pero el problema es que este no lo es!

Se podrá estar de acuerdo o no con la posición defendida por el portavoz popular, pero lo que resulta difícil de rebatir es la necesidad de abrir un debate serio sobre los criterios que deben regir estos homenajes. Porque, al final, la pregunta es sencilla, aunque incómoda: ¿la ciudad pertenece a quienes la gobiernan o al conjunto de los ciudadanos? La respuesta debería ser obvia. Pero decisiones como la colocación de esta escultura invitan a pensar que, al menos para algunos, no lo es tanto.

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